martes, 18 de enero de 2011

Vigilancia

La ven perderse en el interior del banco seguida por su inseparable escolta, un sicario de anchos hombros protegido tras sus gafas de sol. En el coche, sumidos en una atmósfera densa y pastosa, el sol inclemente azotando sus rostros perlados de sudor, ninguno de los dos habla. Uno fuma, con la ventanilla abierta. Aguardan, como siempre. Esperar. A eso se reduce todo. A eso se reduce su vida de espías. Servicio Secreto. Llegaron al país hace casi dos semanas, a principios de enero, y no han hecho otra cosa. Esperar...

El conductor saca el móvil y hace un par de fotos. La última del vehículo en el que han llegado ella y su sicario (ni se molesta en que sea vea con claridad la matrícula), y en el que se marcharán en cuanto consigan lo que han venido a buscar. Él y su compañero pasean la mirada por la calle bulliciosa, por las tiendas, por la gente despistada que va y viene o que simplemente está. Los ocasionales turistas, cada vez menos, más suspicaces. Tras una prolongada calada, uno de ellos murmura. 'Algo pasa. Tarda demasiado'. El otro se encoge de hombros. 'Quiza no le den el dinero. Quizá tenga que huír sin un mísero dólar. ¿Te imaginas?' El primero ríe, casi se le cae el cigarrillo. Una risa irónica, que acaba en un ataque de tos.

Justo entonces la ven salir. Viste un elegante vestido beige, de dos piezas, camina con paso decidido sobre sus zapatos importados y exclusivos. Por un instante parece que los mira. Que los reconoce. Al fin y al cabo la han seguido durante diez días y once noches. Pero al poco desvía la mirada, sacudiendo la cabeza, como si espantara una mosca. No se detiene. La expresión altiva no abandona su rostro. Segundos más tarde, ya en su coche,se pierde al doblar la esquina.

La siguen a distancia prudencial. No tardan en comprobar que el destino es el aeropuerto. 'Y así se libra uno de todo. Así abandona el país, así deja que todo se derrumbe con las espaldas bien cubiertas', murmura el fumador, en el asiento del acompañante.'A no ser que hagamos algo', añade. Esta vez es el conductor quien ríe. Gira en el primer cruce, de nueva al hotel donde se hospedan. 'Se acabó', dice. 'Escribamos el informe, y lárguemonos también'.

Ya en el avión, alejándose de Túnez, ella recibe una llamada. Es su marido. Le dice que todo ha ido bien, que han cargado sin problemas los lingotes, que aterrizará en Yiddah en escasas horas. La han seguido, sí, responde a la siguiente pregunta. Pero y qué.

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