domingo, 9 de diciembre de 2012

Homeland. Esto ya lo hizo Jack Bauer. Y mejor



Una de las series del momento, por no decir la serie de moda, es la nueva joya de la cadena Showtime, una cadena valiente, transgresora (Weeds o Dexter son buena prueba). Nos encontramos aquí con una historia sobre un marine estadounidense capturado en Afganistán, donde pasa ocho largos años cautivo, sometido a todo tipo de torturas. Su rescate y vuelta a casa convertido en héroe, y las sospechas de una inestable agente de la CIA de que puede haberse pasado al otro bando, son los ingredientes principales de esta historia que ha conquistado a medio mundo.

Emmys, Globos de Oro. La crítica se rinde a sus pies, poniéndola al nivel de obras de arte como Mad Men o Breaking Bad. El mismísimo Obama es fan declarado de la serie. Es obvio para cualquiera que haya visto la serie que ésta tiene sus virtudes. Yo mismo estoy enganchado. Giros constantes, personajes carismáticos y sorpresas que te mantienen en vilo. 

Sin embargo, como fan declarado que soy de la siempre añorada 24, no puedo evitar ver que, al fin y al cabo, lo que me tiene ansioso por ver el siguiente capítulo en Homeland es el mismo esquema que ya tenía aquella. No en vano sus creadores son los mismos. Medio mundo, o quizá todo, piensa que el sargento Brody y la reconocidísima Carrie han perfeccionado la fórmula. Ritmo más lento, mejor desarrollo de personajes. No estoy de acuerdo. Estas son mis razones...

domingo, 2 de diciembre de 2012

Londres 2012. Exposición camuflada de Banksy



Empiezo con esta entrada un pequeño especial con el recorrido artístico que estoy haciendo durante las últimas semanas por una de esas imprescindibles ciudades en la que estoy teniendo la suerte de trabajar. Londres tiene tantos detalles, tantos sitios increíbles, que me voy a permitir no empezar con los clásicos, sino con un espacio que descubrí por casualidad, paseando por la zona de Covent Garden.

El arte callejero es a día de hoy uno de los sellos de identidad de Londres, uno de los grandes factores que la convierten en una ciudad moderna, puntera. Y no cabe duda de que el misterioso Banksy es su máximo exponente. Sus obras han dado la vuelta al mundo, y puedo atestiguar que en la misma Londres, mercadillos como el de Notting Hill o el de Candem tienen un gran negocio en la explotación de éstas.

Fría noche tras un largo día descubriendo la ciudad con un amigo. Una fábrica abandonada. Obras como la de la imagen anterior en la fachada (y las que siguen). "Mr Brainwash Art Show", Free Admission. Me detengo. Oye, este nombre me suena. ¿De qué será?

Los que hayáis visto el imprescindible documental Exit Through the Gift Shop ya sabéis la respuesta. Los que no, ya tardáis. Y a todos, os recomiendo echar un ojo a lo que encontramos dentro.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Dexter se arrastra hacia su inevitable final


El pasado octubre llegó a nuestras pequeñas pantallas la esperadísima séptima temporada de Dexter. Largos años acompañando a su oscuro pasajero en la odisea vital que parecía llegar a su culminación con la última escena del año pasado, a estas alturas ya hemos visto de todo. Lo mejor (Trinity), y lo peor (Miguel Prado). La escasa valentía de los guionistas no daba demasiadas esperanzas, demostrando que si una vez se atrevieron a dar un paso adelante, eran capaces de recular lo necesario para mantener la fórmula. Así pues, sólo quedaba una cosa por ver.

Y llegó ese momento clave. Lo esperábamos con ansias. Había mil teorías sobre cómo se produciría, sobre sus repercusiones. Todo debía cambiar, los pilares de una vida cimentada en una sangrienta mentira debían no tambalearse, sino desmoronarse por completo aplastando a todos bajo su peso. Una espiral que nos llevara en volandas hacia un final apoteósico (todo espectador tiene en mente uno).

¿Es eso lo que nos hemos encontrado en los primeros capítulos de esta penúltima entrega de la serie? ¿Ha dado paso esa crucial escena en la iglesia a la grandiosa y catártica temporada que llevábamos un año esperando? Ojalá….

lunes, 12 de noviembre de 2012

American Horror Story, terror y excesos sin fin



En el panorama seriéfilo actual, encontrar algo nuevo siempre llama la atención. Porque todo parece lo mismo. Una nueva comedia. Un nuevo drama de época. Un policiaco más. Y sin embargo, a veces nos sorprenden. Eso ocurrió el octubre pasado, cuando llegó a nuestras pantallas la primera temporada de la que sería una de las series revelaciones del año: American Horror Story.

Por qué era nueva. Simplemente por el género. Terror. Sin concesiones. Terror puro y duro.

Es este un género curioso, tan fascinante como en apariencia desaprovechado, con pocas obras maestras absolutas y muchos intentos, más o menos exitosos, de abordar esas sombras, esos murmullos, ese movimiento furtivo que despierta la parte más primitiva y más fértil de nuestra imaginación.

Hijo de la literatura, que nunca ha podido, o querido, adentrarse en terror más puro (Poe, Lovecraft, incluso King, por no hablar de los Stoker o Shelley, siempre tienen matices, siempre es algo más, ya sea metáfora de la naturaleza humana, aventura, ciencia ficción…), el cine lleva más de un siglo intentando activar esa parte de nuestro cerebro, provocando el escalofrío o directamente haciéndonos saltar de la butaca. Al fin y al cabo su naturaleza visual y auditiva le permite prescindir del componente en el que se sustenta la literatura, y el arte en general: la imaginación. Sin él, el espectador está indefenso.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Damages se condena al olvido

 

El final de una serie es un momento crítico. Todo lo anterior queda en suspenso, todo será juzgado de nuevo en relación con los últimos minutos, por muchas temporadas que arrastre a las espaldas, por muchos grandes momentos que nos haya dado.

Los ejemplos son muchos y variados. El más obvio, el de Lost, que consiguió hundir la serie hasta el punto de que pocos son los que la recomiendan a día de hoy. El caso inverso, Six Feet Under, que elevó la creación de Alan Ball hasta cotas de genialidad jamás alcanzadas en el panorama televisivo.

Esta semana pudimos disfrutar del esperado final de Damages, una serie a estas alturas bastante minoritaria (con bastante razón muchos la han abandonado), pero con suficiente interés, sobre todo por sus protagonistas, como para mantenernos a unos pocos enganchados y expectantes hastas el último minuto. Y quizá ese es el problema. Que siempre esperé más de lo que Damages dio. Siempre pensé que detrás de los engaños, de las triquiñuelas de guión había algo más. Siempre pensé que la primera temporada no fue un espejismo, que la genialidad que vi allí volvería en algún momento.

Al final, por desgracia, la serie no ha estado a la altura de lo que ella misma prometía, y dentro del vastísimo panorama seriéfilo, la mediocridad no se perdona. Veamos qué nos prometía, pues, y qué nos dio esta quinta y última tanda de Damages.

sábado, 15 de septiembre de 2012

A la sombra de las muchachas en flor




Dejándonos llevar por la corriente del embravecido río que es esta monumental obra, dejamos lentamente atrás la infancia del joven y enfermizo e hipersensible Proust, sus días en Combray, sus largos y solitarios paseos, para zambullirnos en el principio de su adolescencia.

A la sombra de las muchachas en flor nos narra con el obsesivo detalle al que ya nos hemos acostumbrado, con ese estilo magnífico y casi excesivo que convierte en insulsas a la mayoría de novelas (cuesta imaginar un libro mejor escrito), el primer gran amor de Proust, Gilberta Swann, a la que ya conocíamos del primer volúmen. Pero como todo se acaba difuminando, e incluso las pasiones más fuertes pocas veces resisten el paso del tiempo y las casi siempre absurdas acciones humanas, al final (o eso parece) de esta relación le seguirán unos meses en el balneario de Balbec, donde conocerá a las muchachas en flor que anuncia el título.

Tras el relativo fracaso del primer volumen, que Proust tuvo que publicar de su bolsillo, fue este segundo, publicado en 1919, recibiendo el prestigioso premio Goncourt, el que al fin otorgó una merecidísima fama y reconocimiento a su autor.

Veamos...

viernes, 7 de septiembre de 2012

Breaking Bad, lista para sentencia

 

Perfilándose en el horizonte vemos su silueta. Le reconocemos al momento, caminando solitario en un desierto de colores saturados, oculto bajo su sombrero negro. Es Heisenberg. La leyenda de la polvorienta franja fronteriza, como si acabara de surgir de un suavizado libro de Cormac McCarthy. Es Breaking Bad, que se acerca, que se impone, un verano más, y nos regala, esta vez, en su quinta temporda, ocho capítulos sin desperdicio alguno, primera parte del fin de una historia de la que ya no podemos despegar la mirada, ni aunque quisiéramos.

La evolución de ese personaje magnífico que es Walter White, historia viva de la televisión, ha alcanzado su cénit. El camino se ha completado y aquel lejano profesor de química ya ha llegado tan lejos como alguna vez pudo soñar, en la época en que preparaba su Blue Meth en la caravana junto a su alumno Jesse. Él y la serie han cambiado tanto que ya casi no son reconocibles. Sin embargo, y a pesar de que a estas alturas el avance de la trama ya parece gobernado por un mecanismo de relojería que nos conduce hasta el inevitable final, la pregunta que me planteo es la siguiente.

¿Es Breaking Bad una joya absoluta, lista para entrar en el Olimpo de las series? Después de dejar reposar el magnífico final de temporada, he de decir que tengo mis dudas. Veamos...

domingo, 26 de agosto de 2012

Mi agosto en series

 

Sí, aunque parezca increíble, además de las horas que llevo invertidas en busca del tiempo perdido, que no son pocas, y las que quedan, además de la playa, del calor insoportable y para rematar de tener que trabajar este agosto, no podía faltar la ración anual de series veraniegas.

Este año la elección ha sido sencilla, y he tirado por tres clásicos de la televisión ya prácticamente en su recta final, más o menos inmediata. Series que quería ver sí o sí, aunque fuera un lunes a las doce de la noche teniendo que madrugar al día siguiente. Hay series así. Curiosamente, las tres encaran su quinta temporada.

Antes de presentarlas, decir que ninguna de las tres me ha decepcionado, todas me han alegrado un mes más árido de lo habitual. Magníficas, más que recomendables pues, para quien todavía las tenga en el cajón.

¿Cuáles serán? Veamos...

sábado, 25 de agosto de 2012

Por el camino de Swann


Viajes literarios como el que nos ocupa son difíciles de emprender en estos días ajetreados y de lectura rápida y frugal, de párrafos sueltos en blogs aleatorios y ojeadas rápidas a titulares que olvidamos minutos después. La época de Proust quedó atrás hace mucho, y sin embargo, a pesar del bombardeo constante de imágenes, no hay serie o película comparable (no, ni siquiera The Wire o Six Feet Under) al placer que uno experimenta al toparse con la gran literatura. Con esa que se adentra sin miedo en rincones del alma humana en los que sólo ella (y quizá la música) se atreven a adentrarse.

Por el camino de Swann es nuestra toma de contacto con ese Proust niño que descubre el mundo asombrado y ligeramente asustado, pero siempre fascinado y ávido de aprender, de descubrir, de empaparse de los estímulos que lo rodean.  

Dividido en tres partes claramente diferenciadas, corresponde la primera a la más tierna infancia, al amor desesperado hacia su madre, a la rutina de una vida campestre en casa de su tía, a los largos paseos por los senderos y los bosques de Combray. En la segunda conocemos a Swann, personaje vagamente mencionado hasta entonces, amigo de la familia, y lo seguimos en su tortuosa y sublime pasión, en un retrato de los diferentes estados del amor sólo comparable al que sin ninguna duda ocupa una altísima posición entre mis libros favoritos, ni más ni menos que Bella del Señor. 

Para rematar volvemos a un Proust listo para conocer el primer amor, en la forma y cuerpo de una Gilberta Swann con la que comparte juegos y emociones tan sutiles como devastadoras en los Campos Elíseos. 

Pero si algo caracteriza este libro, y al autor intuyo, es la minuciosa recontrucción tanto de cada detalles de un paisaje como de un salón, como de un rostro o de la sombra del cabello sobre unos ojos deslumbrantes, o de la emoción intensa ante la mística contemplación de una flor. Quedarse con el detalle de la madalena, que su tía untaba en té, y que da pie a tantísimas recuerdos de aquella época, es quedarse en el umbral. Es ver la puerta pero no asomarse al increíble mundo que hay detrás.

Así, abrámosla y veamos lo que la primera parte de En busca del tiempo perdido encierra...   

jueves, 16 de agosto de 2012

En busca del tiempo perdido




Un largo siglo ha pasado desde el lejano día en que un Marcel Proust enfermizo, hundido tras la muerte de sus padres, encerrado en una habitación con las paredes de corcho, volviera la vista atrás y escribiera las primeras líneas de la que a la postre sería su obra cumbre, y por ende, una de las más colosales de la historia de la literatura.

Un largo y tumultuoso siglo nos separa de ese 1913 en que vio la luz la primera parte de En busca del tiempo perdido, un viaje fascinante por la naturaleza humana, por cada recodo del alma, por cada minúscula emoción o sentimiento.

Y  a pesar de ese interminable siglo que ya hace años dejamos atrás, en el que tanto ha cambiado el mundo, para bien o para mal, quién puede juzgarlo, aprovechamos el calor estival, avanzamos entre la maleza que cruje bajo nuestro pies, nos deleitamos con el olor de las mil flores que nos rodean, cerramos los ojos y notamos el tacto rugoso del libro que llevamos en las manos, y cuando llegamos al rincón de sombra que siempre ha sido nuestro refugio, lo abrimos por la primera página y nos perdemos en su interior. 

Así empezamos el viaje que nos propone Proust. Y ese siglo que nos separa se difumina, parece que acompañamos a ese niño por los bosques y caminos que rodean la mansión de Combray. 

A esta entrada le seguirán siete más. Siete, una por cada libro, pues de la mano de Proust pienso aprovechar  la ocasión de aprender algo, o mucho (todo jamás), tanto como se intuye en los primeros centenares de páginas que ya llevo a mis espaldas. Páginas de un libro, Por el Camino de Swann, más que recomendable, ya lo avanzo, y del que hablaré detalladamente en los pocos días que tarde en finiquitarlo.

lunes, 23 de julio de 2012

Studio 60, fugaz destello de genialidad

 

El metalenguaje en el mundo de la televisión, esto es, el regodeo de los propios guionistas, productores, actores, directores, en lo fascinantes que son sus vidas, nos ha dado muchos y en ocasiones memorables productos, como la ya decadente 30 Rock, en sus momento poseedora de los mejores guiones de comedia en años.

Y si alguien sabe de metalenguaje, y de lenguaje, y de colocar palabras y metáforas y discursos grandilocuentes en boca de personajes que nos tienen enganchados mientras nos hacen sentir pequeños y aburridos a la vez que envidiamos sus vidas trepidantes y desbordantes de ingenio, es el maestro de los diálogos, Aaron Sorkin. Incluso la situación más anodina puede adquirir una épica digna del mismísimo Nolan si le dejas a este guionista, showrunner, genio, o como se le quiera llamar, poner sus frases en boca de los personajes que hasta entonces dormitaban por la pantalla. Cualquiera que haya visto Moneyball o La Red Social (firma el guión de ambas) sabe de qué hablo.

Para rematar, y ya centrándonos en la serie que nos ocupa, una de las grandes series malditas de la historia (verano, época ideal para ponerse con ellas...), parecía que lo tenía todo. El mundo de la televisión, siempre atrayente para la masa que cree que tras los decorados existe la misma magia que en realidad siempre ha sido cosa del espectador. Un genio al volante. Y Matthew Perry, el inolvidable Chandler de Friends, rodeado de rostros siempre agradecidos como Amanda Peet o actores tan carismáticos y poco reconocidos como Bradley Whitford. Un cóctel que podía salir bien, pero que no pasó de la primera temporada.

¿Los motivos? Varios, y los analizaremos a continuación, pero después de ver sus 22 capítulos en menos de un mes, puedo decir una cosa. Por falta de calidad no la cancelaron, ni muchísimo menos.

martes, 5 de junio de 2012

Choque de reyes


Confusión. Caos. Guerra. Las batallas se suceden. Los muertos se multiplican. Decenas de personajes se pasean frente a nuestros ojos, muchos dejando escasa huella. En el mundo creado por George R.R.Martin, el infierno se ha desatado. Nadie está seguro. Cualquiera puede caer. 

El mastodonte de la HBO pisa con fuerza en su segunda temporada. Quizá demasiada fuerza. Sus ecos resuenan por cada rincón de los Siete Reinos. El problema es que hay tantísimos ecos que a veces cuesta entender lo que están diciendo. El caos que reina en la serie acaba por trasladarse al espectador, y eso no es bueno.

Sin embargo, la historia avanza, y no hay marcha atrás. Mientras los reyes chocan y se desgastan y dejan tras de sí un mundo devastado, y en mitad de todos ellos un enano mueve los hilos y maneja como nadie ese delicado juego, otros dos focos reclaman nuestra atención. Por supuesto uno de ellos es el inevitable Invierno, que ya está aquí. Y a juzgar por última (y soberbia) escena de la temporada, para quedarse.

El otro, claro, Khaleesi, preparándose para recuperar su trono. Cuándo lo hará... quién sabe. En esta temporada ha sido una mera figurante, perdida en las arenas del desierto junto a sus pequeños dragones.

Pero buceemos un poco en el delicioso caos que ha sido este Choque de Reyes, porque ha habido, sin duda, grandísimos momentos que merece la pena recordar...

martes, 29 de mayo de 2012

Lights Out, otra pequeña perla maldita


Será tan corta y fugaz esta reseña como lo fue una de las series más injustamente tratadas del 2011, que hace poco tuve la oportunidad de ver y disfrutar. De puntillas y sin demasiado bombo llegó y se fue esta notable (tampoco exageremos) producción centrada en el mundo del boxeo. 

Trece capítulos intensos, dramáticos, emocionantes, con un final bastante cerrado (y magnífico), para los escépticos de las series canceladas. ¿Vale la pena? Y tanto. Pactrick "Lights" Leary no será historia de la televisión, pero es de aquellos personajes que calan hondo, a los que acompañamos con emoción en su pedregoso camino.

martes, 22 de mayo de 2012

Hasta siempre, House

 

Todo empezó el 11 de noviembre de 2004. Nos encontramos en los ajetreados pasillos de un hospital todavía extraño, el Princeton-Plainsboro. Le vemos a lo lejos, avanzando hacia nosotros, cojeando, y jamás podríamos imaginar quién es. Barba de varios días. Camisa por fuera. Bambas. Su inseparable bastón. Acabamos de encontrarnos con Gregory House. Por supuesto, pasa a nuestro lado sin saludarnos. 

Ese año la televisión cambió para siempre. Ese año surgieron las dos series que hicieron posible todo lo demás. Mucho más influyentes que Los Soprano, The Wire, Six Feet Under... No suelen estar arriba en los rankings. Pero son, sin duda, las causantes de que millones de personas en todo el mundo descubrieran que la televisión no tiene por qué ser la caja tonta. Que no todo es sentarse y ser bombardeado. Es imposible entender el panorama audiovisual actual sin haber oído hablar de Lost o de House.

21 de mayo de 2012. Todo se acaba. Ocho años más tarde, todo es distinto. La misma Lost que tenía en vilo al mundo, listo para descargar el siguiente capítulo horas después de emitirse, ha sido lapidada y relegada al papel de "fraude". 24, otra de aquellas pioneras en esta edad dorada de la televisión, nos brindó la última imagen de Jack Bauer hace ya dos años. Hoy en día las reinas son otras. Game of Thrones, Mad Men, Breaking Bad. Decenas de series nos obligan a hacer malabares para estar al día.

Sin embargo, a pesar de todo, a pesar del tiempo, del desgaste, de las mil alternativas, no hay un seriéfilo que no recuerde con cariño la época en que vio por primera vez un capítulo de House.

Horas después de emitirse el último (gran) minuto de serie, éste es un tributo a uno de aquellos personajes, igual que Sherlock Holmes en su día, que sobrepasan a su creador y dan el salto al otro lado, a la realidad. Gregory House es algo más que el protagonista de una serie de televisión. House, igual que Los Simpsons, capta mejor lo que es el ser humano que cualquier libro de texto, que cualquier estudio psicológico. Todos mentimos. A los demás, pero sobre todo a nosotros mismos. Todos buscamos la felicidad, sin conseguirlo porque la mayor traba somos nosotros mismos. De eso va esta serie.

Ocho temporadas después, House se despide con un magnífico final. Veamos, siempre después de haber disfrutado de ese (ya) histórico capítulo que es "Everybody Dies"...

domingo, 6 de mayo de 2012

Entourage, a veces puedes tenerlo todo

Cómo os echaremos de menos...

En el cada vez más vasto (quizá excesivamente vasto hoy en día) panorama seriéfilo, hay series de todo tipo. La mayoría mediocres tirando a malas, algunas buenas y cuatro contadas que se puedan considerar excelentes. Luego están The Wire y Six Feet Under, claro.

Sin embargo, la serie que no es ocupa juega en una liga aparte. En septiembre del año pasado llegó a su fin Entourage, otra absoluta joya de HBO (y van...). Y he considerado más que apropiado retomar mi bitácora, en su vertiente seriéfila, con ella. Por lo que representa. Porque es lo más alejado de The Wire (con la que todo empezó aquí) en robustez de guiones, en mensaje..., pero a la vez comparte tantísimas cosas. Por lo inclasificable. Por lo mágica e irrepetible.

Así, no sería justo hablar de la calidad de sus guiones, de sus interpretaciones, de la factura técnica. No lo haré. Colocarla junto a comedias como 30 Rock, Community, no tiene el menor sentido. Dramas como Breaking Bad, Mad Men, absurdo. ¿Mejor, peor que ellas? Nada. No hay respuesta. Es Entourage.

Entourage es una experiencia deliciosa. Quizá de las series que más he disfrutado, y no será tarea sencilla explicar por qué. A grandes rasgos, puedo decir lo siguiente. Es una serie sobre cuatro amigos que me caen genial, que viven como reyes entre la flor y la nata de Hollywood, y a los que no deseaba más, capítulo tras capítulo, que les siguieran pasando cosas buenas. Amistad. Éxito. Fama. Envidia, la mía por supuesto. Todo eso y mucho más (de los ya icónicos Ari Gold y Drama hablaré en nada).

Quizá sea mentira lo que pregona la serie. Quizá no se puede tener todo. Pero durante media hora, en sus ocho temporadas, podemos creer que sí. Y seguimos al actor Vicent Chase y a su inolvidable séquito en un turbulento viaje hacia la gloria del que somos un pasajero más (no en vano la serie era inicialmente un reality sobre la vida de Mark Wahlberg). Nos abrochamos el cinturón y disfrutamos.

martes, 1 de mayo de 2012

At Swim-Two-Birds (En Nadar-Dos-Pájaros)


Flann O'Brien (pseudónimo de Brian O'Nolan) es uno de esos escritores que se abren camino en la historia de la literatura por pequeñas ranuras o grietas casi insignificantes. El boca a boca le va colocando en el lugar que siempre ha merecido. El valor intrínseco de la prosa de este genio irlandés cala sin remedio en todo el que se detiene a leerlo con una mínima pausa. Comprendiendo su delicioso humor, su constante juego de espejos y su universo absurdo o descabellado o simplemente único.  

"At Swim-Two-Birds" es, quizá, la mejor muestra de metaliteratura que encontrarse pueda. Divertidísima, surrealista hasta el extremo. Para leer una y otra vez, siguiendo por los más tortuosos caminos a personajes que atraviesan las páginas y se rebelan contra su autor, a héroes mitológicos o demonios civilizados, hados buenos e incluso a bastardos literarios. Figuras como Jose Luis Borges, Graham Greene, Dylan Thomas o James Joyce jamás cesaron de alabar la obra de Flann O'Brien. Con razón.

viernes, 20 de enero de 2012

Middlesex, una Odisea moderna



Es un tema recurrente a lo largo de la corta historia de los Estados Unidos la búsqueda por parte de sus escritores de una especie de Grial que los obliga a luchar contra sus propias limitaciones, a mejorar siempre, a no conformarse jamás. A compararse entre ellos mientras avanzan por el mar embravecido y traicionero que es la literatura. No basta escribir un buen libro. No basta con escribir un gran libro. Hay que escribir la Gran Novela Americana.

Jeffrey Eugenides, nacido en Detroit en 1960, de ascendencia griega e irlandesa, es, sin lugar a dudas, uno de los escritores norteamericanos más interesantes. Y lo digo tras haber leído sólo dos libros suyos (ha escrito tres). Su primera novela, "Las vírgenes suicidas" (1993), me fascinó cada vez más a medida que me adentraba en esa hipnónica historia que encierra muchísima más verdad de lo que puede parecer a primera vista. Es una obra maestra, sin duda alguna. Con tantísimos detalles, tantísimo poso. Las hermanas Lisbon. Cómo olvidarlas.

Y entonces decidió que, por qué no, quería embarcarse en la creación de su propia Gran Novela Americana. Y esto es Middlesex. Un épico y grandioso libro que nos explica la odisea de una pareja, Lefty y Desmemona Stephanides (hermanos y amantes), desde su Smyrna natal hasta una Detroit descrita con una perfección como sólo puede hacerlo alguien enamorado de su ciudad. La guerra greco-turca de fondo. La mecanización del ser humano en fábricas americanas. Incontables referencias a la mitología griega. Y como toda la gran novela americana, la búsqueda de la felicidad de telón de fondo.

Y sobrevolándolo todo, por supuesto, el narrador. Calliope Stephanides de nacimiento, una preciosa niña a la que comparan con la mismísima Cleopatra. Un Cal con aspecto de mosquetero cuando nos narra su historia desde Berlín, ya mayor. Todo por culpa de un gen que su familia ha ido transmitiendo a lo largo de generaciones...


martes, 3 de enero de 2012

Puro Sherlock Holmes


Deliciosa noticia para empezar el año. Y de dónde podía venir sino del país que vive últimamente una edad dorada audiovisual que agradecemos todos los amantes de la buena televisión, del buen cine, del buen arte en general. ¿Las razones? Un grandísimo respeto por los artistas. Tanto por los encargados de adaptar, a los que se les da toda la libertad que se merecen, como los creadores del material original. De ahí las sublimes adaptaciones (The Crimson Petal and The White) o golpes de genio como la reciente Black Mirror.

Pero no nos desviemos. Pues lo que ha llegado con la segunda temporada de "Sherlock", la soberbia serie de la BBC, es un caviar exquisito para todos los que disfrutamos como enanos con las aventuras del más famoso detective en nuestros años mozos. A todos nosotros va dedicado el capítulo "A Scandal in Belgravia".

Cada minuto de la serie destila una admiración por la obra de Sir Arthur Conan Doyle que no es de extrañar el gran recibimiento que tuvo. Los detalles (impagable la apareción del sombrero), la cuidada (y acertadísima) modernización, el casting (uno de los mejores Holmes jamás vistos). Sin embargo, ha valido la pena esperar un año para ver a Irene Adler.