viernes, 15 de noviembre de 2013

The Newsroom, aspirar a más


Me voy a permitir ser subjetivo en esta reseña. Por qué no. Al fin y al cabo esta serie, y Aaron Sorkin por hacerla, lo merecen con creces. Demasiados golpes han recibido ya. Sí, la primera colaboración del creador de El Ala Oeste de la Casa Blanca, Studio 60 y Sports Night, con la prestigiosa HBO no ha sido el éxito esperado. Sinceramente, tras ver sus primeras dos temporadas, lo entiendo.

Y es que The Newsroom no es una serie sobre periodistas. Eso se vendió, pero no lo es. No es un retrato de un noticiario, del complejo entramado que hay detrás. No son grandes o no tan grandes personajes, mejor o peor desarrollados (ya entraremos ahí). No es política. Estrictamente es todo eso, pero en el fondo es mucho más simple. The Newsroom es una idea que se plasma en cada plano, en cada secuencia. Se puede aspirar a más. Debemos aspirar a más. Como periodistas, espectadores. Como personas.

Si alguien empieza a ver The Newsroom con la idea de que está a punto de adentrarse en un noticiario más o menos realista, acabará decepcionado. Si le gusta el estilo Sorkin (lo tiene hasta en el más ínfimo detalle, hasta en sus errores), no tanto, pero aún así, no le apasionará. Por poner un ejemplo, The Good Wife es una serie sobre abogados, y llega un punto en que crees que esos bufetes existen en Chicago. La construcción de los personajes, de los casos, te llevan ahí.

The Newroom no se puede empezar a disfrutar hasta que uno la acepta por lo que es, la visión de Aaron Sorkin, y por lo tanto absolutamente subjetiva, de lo que el periodismo debería aspirar a ser.

Esta no es una visión perfecta, uno puede disentir con ella. De hecho uno puede odiar a algunos personajes. O algunas tramas. O muchas. Pero cuando acaba cada capítulo, y lo que he visto me hace querer informarme mejor, ser más crítico, exigir más y dar más, cómo no voy a sentarme y escribir una oda a una de las series más brillantes y más imperfectas de la parrilla.

jueves, 8 de agosto de 2013

Sodoma y Gomorra


Se ha convertido, por méritos propios, en un refugio seguro al que acudo cada cierto tiempo. Cuando me encuentro perdido en novelas intrascendentes que me hacen olvidar demasiadas cosas que no debería, cuando necesito empaparme para sacar lo mejor de mí mismo. "En busca del tiempo perdido" es un territorio salvaje, tan arduo y fatigoso que la dificultad de su lectura sólo es comparable al beneficio que le reporta a uno como lector, como escritor, como persona

A estas alturas, cualquiera que se embarque en la cuarta parte de la obra de Proust, "Sodoma y Gomorra", ya sabe lo que le espera, pues lleva un largo trecho a sus espaldas. Prosa deliciosa, minuciosidad extrema en cada descripción, disecciones precisas de los personajes, llegando al alma de los mismos a base de hurgar con cada adjetivo, con cada metáfora. 

Proust empieza la novela de forma brusca, como si ya desde la primera página nos quisiera sumergir en el torrente imparable que es su obra (pues los siete tomos no son sino capítulos de un todo casi monstruoso). Aunque si alguien espera la más remota acción anda totalmente perdido. Durante cincuenta páginas se describe un breve encuentro que el narrador presencia por casualidad mientras espera la aparición de insectos que vayan a polinizar las flores del jardín. Dicho encuentro, entre monsieur de Charlus y Jupien, el ujier de los Guermantes, abre un mundo ni siquiera sospechado hasta el momento, el de la homosexualidad, que explica la extraña conducta de Charlus durante los últimos tiempos (como ya vimos en "El mundo de Guermantes").

Este encuentro casual precede al que será el primer gran bloque de la novela, la recepción en casa de los príncipes de Guermantes.

domingo, 21 de abril de 2013

"Victus", por esto celebramos una derrota


Todavía resuena en mis oídos el estruendo de la última carga. Luego la oscuridad, mientras repito una y otra vez La Palabra. La redención de nuestro antihéroe, al que hemos seguido a través de una cruenta y absurda guerra hasta esta Barcelona sitiada. Hasta este 11 de septiembre de 1714.

Con Sant Jordi a la vuelta de la esquina, el movimiento independentista en pleno auge y un referéndum inminente en el horizonte, no se me ocurre mejor momento para la aparición de un libro como éste. Ya hace meses que se publicó, pero el boca a boca me hizo toparme con él hará un par de semanas. Devorarlo es quedarse corto. Y es que Albert Sánchez Piñol ha conseguido algo magnífico. Algo que se puede resumir en una palabra. Épica. Se agradece que alguien nos enseñe que, aunque ahora parezcamos cobardes borregos, alguna vez no lo fuimos.

De la mano de Martí Zuriviría, ingeniero formado en Francia por el ingeniero militar Sebatien Bauvan, que se ve involucrado en la que Sánchez Piñol no duda en llamar la Primera Guerra Mundial (más conocida como la Guerra de Sucesión Española), un personaje cobarde, pillo, traidor a cualquier causa, pasamos de batalla en batalla, por ataques, asedios, huidas, heroicidades y cada pequeña miseria de la guerra. Y nos vamos acercando a una Barcelona convertida en el núcleo de un sentimiento, el catalán, con el que llegado un punto no podemos sino sentirnos identificados.

¿Manipulación? Quizá. Aunque el autor no se ahorra golpes hacia los políticos catalanes (igual de falsos, egoístas y corruptos los de entonces que los de ahora), se intuye un amor hacia el pueblo catalán que no muestra hacia el castellano. Como se suele decir, en literatura, suele ganar el perdedor.

En resumidas cuesta, este libro sólo va de un pueblo, de una nación, a la que sus dirigentes metieron en una guerra estúpida orquestada por los reyes de media Europa. Felipe de Anjou (con Francia detrás) contra Carlos de Austria (apoyado por Inglaterra y Austria, por descontado). Media Europa babeando por hacerse con las riendas del Imperio Español.

La grandeza, sin embargo, no radica ni mucho menos en quién ganó. Al fin y al cabo es una batalla de poder entre reyes que nos importan poco. La grandeza es que cuando se perdió la guerra, cuando los ingleses huyeron por mar, cuando los franceses ya se sabían dominadores de España, el pueblo catalán tomó el relevo, y se levantó. Que aunque sus dirigentes los arrojaran a la sumisión y prácticamente a la pérdida de todos sus derechos, el pueblo se negó a rendirse. Lucharon y perdieron. Pero cómo. Eso es "Victus".

miércoles, 10 de abril de 2013

Hank Moody, morir como un héroe o vivir en la mediocridad


Todo lo desgasta el tiempo. Los profetas que un día seguimos con los ojos cerrados empiezan a tambalearse, nos hacen dudar. Ellos no han cambiado, su discurso tampoco. Nosotros sí. Seis temporadas después, Hank Moody sigue exactamente igual que el primer día. Lo que nos hizo adorarle, envidiarle, todavía está ahí. Pero sus frases suenan a rancias, suenan a mentira después de todo lo vivido. No puede seguir diciendo lo mismo. Pero lo hace.

Y así, el que antes despertaba pasiones, se ha vuelto otro charlatán al que siguen sus cuatro fieles, y poco más. Hank Moody fue un símbolo un día no demasiado lejano. Su carácter, su pose, su naturaleza de triunfador fracasado le elevó a los altares. Todos queríamos ser Hank Moody. Todos queremos, vale. Pero eso ya no es suficiente. Queremos ser lo que un día representó. O creímos que representaba.

Seis temporadas después, Hank Moody no es más que un personaje de una serie agradable, para los que todavía sonríen con algunas de sus ocurrencias, o con los ocasionales detalles de un cada vez más ridículo Runkle. Año tras año, se ha perdido su esencia, su grandeza, la magia que le hacía algo especial, un icono. Su impacto ha disminuido, cada vez se habla menos de él. ¿Qué ha pasado en el camino? Veamos...

miércoles, 27 de marzo de 2013

"Death of a Client", la grandeza de un guión perfecto



Llevaba ya varios capítulos intuyéndose. Tantos detalles, tanta minuciosidad en las tramas, cuentas pendientes que asoman con una mirada, con un silencio, con una frase que se queda a medias, y que sólo los espectadores fieles comprendemos del todo. Podía haber elegido otro (el anterior mismo), pero lo hago con éste, el número 18 de esta soberbia cuarta temporada de una de las mejores series del momento. The Good Wife ha logrado, in my opinion, su capítulo perfecto.

Para los que lo hayáis visto, os invito a deleitaros conmigo con los detalles de una pieza de relojería que se puso en marcha hace ya muchos capítulos. Hay tantos detalles que podría relatar, una a una, las escenas de esta "Muerte de un cliente", con una sonrisa perpetua. Para los que todavía no lo hayáis hecho, y para todos, intentaré explicar por qué este capítulo en concreto me ha obligado a levantar la voz, una vez más, para alabar la que quizá sea la serie más difícil de recomendar. Pero quizá, también, la más gratificante de ver.

martes, 26 de marzo de 2013

El mundo de Guermantes


Tras un merecido descanso en la orilla de varios meses, reponiendo fuerzas con volúmenes quizá más voluminosos, pero ligerísimos en comparación, nos levantamos con energías renovadas y sin dudar, valientes, de la mano de un Proust ya desatado, retorciendo y alargando su prosa, dejamos atrás el balneario de Balbec, las muchachas en flor, Andrea, Gilberta, el genial pintor Elstir, todo ello desvaneciéndose como si fuera un sueño.

En este tercer volumen de la colosal obra que es "En busca del tiempo perdido", Proust abandona su retiro para entrar a formar parte, tímidamente y casi como espectador, de las reuniones, fiestas y en general, de la vida de la nobleza.

Personalmente, el camino ha sido farragoso, demasiado en ocasiones (es sin duda el tomo más duro de los que llevo), pero como siempre hay pequeño oasis, detalles, perlas que nos dan energías para seguir adelante. ¿Qué es el mundo de Guermantes? ¿Qué se encontrará allí un Proust cada vez menos niño (o ya nada niño), despierto y ansioso por disfrutar tras su estancia en Balbec de los placeres que el mundo le ofrece? Veamos...

miércoles, 6 de febrero de 2013

The Good Wife, la buena serie


Hablar de series hoy en día es tan sencillo como superfluo y ventajista, en la mayoría de los casos. Alabar Breaking Bad, Mad Men, Boardwalk Empire o Treme, maravillarnos por las perlas inglesas (ojo al inminente estreno de la segunda de Black Mirror), es el equivalente contemporáneo a los que en el siglo XVIII te decían, tienes que escuchar a ese tipo, sí, ya verás, ese tal Mozart...

Para las Grandes series, la cosa es tan sencilla como decir esto. Deja de leer, descarga los primeros cinco capítulos y míralos. Si no te ha enganchado, cosa bastante probable, dale algunos más. Luego vuelves, me das las gracias y me creo que este blog sirve para algo.

Pero volviendo al ejemplo de Mozart, no todos los compositores son él. Otros se esfuerzan tanto o más en crear melodías deliciosas que pocas veces llegarán a nuestros oídos, o si llegan, será de pasada y ni por un casual se nos quedará su nombre. Diremos, "esto suena bien", pero pasaremos a otra cosa. La eterna maldición de lo bueno, en comparación con lo genial. La maldición del segundo.

The Good Wife es así. Es una buena serie, incluso diría que magnífica por momentos. No pasará a la historia, nadie dirá de sus creadores que son los nuevos Shakespeare o Dickens. No se escribirán libros sobre ella ni se estudiará en las universidades. Pero a día de hoy, si han emitido un nuevo capítulo de esta serie, es el primero que veo. Sí, todas las grandes están de parón. Así que ha llegado el momento de hablar de la mejor de la otra liga.