martes, 26 de agosto de 2014

Ruido de Fondo

 
Don Delillo es uno de los escritores vivos más relevantes a nivel internacional. Nacido en Nueva York en el año 1936, trabajó en una agencia literaria durante años, y durante este periodo fue escribiendo y publicando algunas novelas que perfeccionaron su estilo. Americana fue la primera, y también es lo primero que leí de él. Pinceladas de genialidad en una obra irregular con destellos al mejor Mad Men en la primera parte y a un pobre Kerouak en la segunda. Lo peor, el interés del principio se diluye demasiado pronto, y cuesta acabarla.
 
No sería hasta 1985, cuando se publicó White Noise, la novela que nos ocupa, cuando Delillo alcanzó la fama y el reconocimiento. Más que merecido. Luego vendría la que es considerada su obra maestra, que se encuentra muy alta en mi lista de futuribles. Hablo de Underworld, por supuestoYa tardo en leerla...
 
Antes de adentrarnos en el libro que en su día se tradujo como Ruido de fondo, haré un último apunte sobre su autor. Y es que no seré el único que escuchó su nombre por primera vez cuando el reputado crítico Harold Bloom realizó la siguiente afirmación:
 
"Los grandes novelistas americanos vivos son Philip Roth, Don DeLillo, Cormac McCarthy y el misterioso Thomas Pynchon, probablemente el mejor de todos ellos".
 
Cualquiera que haya leído un solo libro de alguno de estos cuatro escritores, mitos vivos, sabe que estar incluido en esta lista no es poca cosa. Comprenderá al instante por qué no he tardado en adentrarme en el mundo de Don Delillo...
 

martes, 4 de marzo de 2014

Blonde


Marylin Monroe. La sombra del mito es tan amplia que cubre todo lo demás. Todo el mundo sabe quién es. Todos la han visto, todos la han juzgado y la mayoría conocen a grandes rasgos su vida. Ya es leyenda, pertenece a esos personajes históricos de los que se ha contado tanto, que jamás se sabrá la verdad. Su vida, su muerte, todo es hipótesis. Se dice que.

Antes que nada, reconoceré que las biografías no serían mi género preferido, ni mucho menos. Suelo huir de ellas y excepto la de Picasso por Norman Mailer y ahora ésta, ninguna que haya leído me ha dejado suficiente poso siquiera para acordarme.

Sin embargo, en cuanto supe que Joyce Carol Oates había escrito una novela sobre Marilyn Monroe, me picó la curiosidad, y no poco. Y es que la neoyorquina es sin lugar a dudas una de las mejores escritoras contemporáneas. Adoro su estilo sencillo, sus historia
 
s familiares enmarañadas que fluyen de forma deliciosa, permitiéndonos adentrarnos en el alma de unos personajes a los que siempre nos sabe mal abandonar. Qué fue de los Mulvaney es una de mis novelas preferidas, una de esas que recomendaría a todo el mundo una y mil veces.

Después de leer esta colosal obra de casi mil páginas, debo empezar mi crítica con un par de reflexiones. Primero, entiendo por qué la escritora ha escogido a Marilyn, o Norma Jean, por ser justos, como protagonista. Es hasta el último detalle una de sus heroínas. Una superviviente, una luchadora, golpeada por el mundo una y otra vez, pero siempre levantando la cabeza, siempre sonriendo. ¡Otra vez! ¡Puedo hacerlo mejor! 

La segunda reflexión es bien simple. A Joyce Carol Oates hay que leerla sí o sí. Y cuando está inspirada, como es el caso, todavía más.

lunes, 13 de enero de 2014

"Santuario", el mal nuestro de cada día



Novela polémica donde las haya la que escribió William Faulkner en 1931, rodeada de un halo de leyenda y sordidez que me atrajo lenta pero inexorablemente durante los últimos meses, siempre mirándola de reojo, consciente de la delicia que suele ser para un servidor perderme en la magnífica prosa de este genial premio Nobel norteamericano, y por qué no, con ganas de descubrir el gran misterio. Qué terrores y aberraciones ocultaban esas páginas. Los motivos de la censura, del escándalo que supuso en su época.

Hace un par de semanas, por fin, acabé embarcándome en la lectura, de "Santuario" la novela que abrió de par en par las puertas de la fama a su autor, y entendí bastante. Entendí por qué el mismo Faulkner odió y repudió su propia obra, siempre esgrimiendo el argumento de que la había escrito por dinero. Entendí que se trata de una pesadilla en la que el lector se adentra, despistado, algo perdido por el estilo fragmentado, los diálogos secos y a veces inconexos, sin saber muy bien dónde está, qué ocurre en esa casa perdida entre los maizales, gente que entra y sale, una mujer que oculta un bebé en un cajón para protegerlo de las ratas, contrabandistas, licor, un hombre amenazante llamado Popeye, incautos universitarios que sufren un accidente y acaban allí... 

Durante las primeras páginas damos tumbos algo mareados preguntándonos el por qué de lo que estamos leyendo, pero antes de que nos demos cuenta, ya somos incapaces de detenernos cuando el inevitable horror se adueña de la historia. Entonces comprendemos que no es una pesadilla, que no podremos escapar tan fácilmente.

domingo, 5 de enero de 2014

Boardwalk Empire, la mejor serie que no estás viendo


Aunque últimamente me prodigo menos de lo que quisiera en este mi blog, la injusticia que se está cometiendo con Boardwalk Empire me ha ayudado a sentarme de nuevo y añadir una nueva entrada a la colección. Y es que ni siquiera Treme, la gran joya olvidada del siglo XXI, ha sufrido una campaña como la de este increíble retrato de los años 20 en América. Al menos aquélla es considerada una obra maestra por todo el que la ve (los cuatro que la vemos). Me sorprende que no ocurra tres cuartos de lo mismo con ésta.

Entiendo las reticencias iniciales. La pausa. La complejidad. El periodo de adaptación hasta que te sumerges de lleno en la época, en la historia. Incluso que a su primera temporada le faltan muchas cosas (también ocurre con Los Soprano o Mad Men). Lo que no entiendo es que alguien que haya visto sus cuatro temporadas no caiga rendido a sus pies. Los guiones, tan complejos como fascinantes. Las actuaciones. La creación de personajes antológicos (lo de Al Capone es digno de estudio... y quizá lo haga yo mismo). La ambientación, por encima de adjetivos, la más cuidada que jamás he visto (sólo me sorprendió tanto Carnivale, en su día). 

Personalmente, cuando me pierdo entre nombres, secundarios, historias entrelazadas de aparente poca trascendencia, siempre lo achaco a mi ignorancia o falta de atención. No podría escribir aquí que esta serie es aburrida, que le falta algo para enganchar al espectador. Desde el pálpito que la red me permite, me voy a atrever a decirles a todos los críticos que han conseguido que se ignoren las mejores temporadas de esta serie en todos los premios (igual que ya ocurrió con The Wire, Mad Men, Treme...) lo siguiente: 

Aburrirse con Boardwalk Empire es problema del espectador, no de la serie. Así de claro. 

Como siempre, lo intentaré razonar.

viernes, 15 de noviembre de 2013

The Newsroom, aspirar a más


Me voy a permitir ser subjetivo en esta reseña. Por qué no. Al fin y al cabo esta serie, y Aaron Sorkin por hacerla, lo merecen con creces. Demasiados golpes han recibido ya. Sí, la primera colaboración del creador de El Ala Oeste de la Casa Blanca, Studio 60 y Sports Night, con la prestigiosa HBO no ha sido el éxito esperado. Sinceramente, tras ver sus primeras dos temporadas, lo entiendo.

Y es que The Newsroom no es una serie sobre periodistas. Eso se vendió, pero no lo es. No es un retrato de un noticiario, del complejo entramado que hay detrás. No son grandes o no tan grandes personajes, mejor o peor desarrollados (ya entraremos ahí). No es política. Estrictamente es todo eso, pero en el fondo es mucho más simple. The Newsroom es una idea que se plasma en cada plano, en cada secuencia. Se puede aspirar a más. Debemos aspirar a más. Como periodistas, espectadores. Como personas.

Si alguien empieza a ver The Newsroom con la idea de que está a punto de adentrarse en un noticiario más o menos realista, acabará decepcionado. Si le gusta el estilo Sorkin (lo tiene hasta en el más ínfimo detalle, hasta en sus errores), no tanto, pero aún así, no le apasionará. Por poner un ejemplo, The Good Wife es una serie sobre abogados, y llega un punto en que crees que esos bufetes existen en Chicago. La construcción de los personajes, de los casos, te llevan ahí.

The Newroom no se puede empezar a disfrutar hasta que uno la acepta por lo que es, la visión de Aaron Sorkin, y por lo tanto absolutamente subjetiva, de lo que el periodismo debería aspirar a ser.

Esta no es una visión perfecta, uno puede disentir con ella. De hecho uno puede odiar a algunos personajes. O algunas tramas. O muchas. Pero cuando acaba cada capítulo, y lo que he visto me hace querer informarme mejor, ser más crítico, exigir más y dar más, cómo no voy a sentarme y escribir una oda a una de las series más brillantes y más imperfectas de la parrilla.

jueves, 8 de agosto de 2013

Sodoma y Gomorra


Se ha convertido, por méritos propios, en un refugio seguro al que acudo cada cierto tiempo. Cuando me encuentro perdido en novelas intrascendentes que me hacen olvidar demasiadas cosas que no debería, cuando necesito empaparme para sacar lo mejor de mí mismo. "En busca del tiempo perdido" es un territorio salvaje, tan arduo y fatigoso que la dificultad de su lectura sólo es comparable al beneficio que le reporta a uno como lector, como escritor, como persona

A estas alturas, cualquiera que se embarque en la cuarta parte de la obra de Proust, "Sodoma y Gomorra", ya sabe lo que le espera, pues lleva un largo trecho a sus espaldas. Prosa deliciosa, minuciosidad extrema en cada descripción, disecciones precisas de los personajes, llegando al alma de los mismos a base de hurgar con cada adjetivo, con cada metáfora. 

Proust empieza la novela de forma brusca, como si ya desde la primera página nos quisiera sumergir en el torrente imparable que es su obra (pues los siete tomos no son sino capítulos de un todo casi monstruoso). Aunque si alguien espera la más remota acción anda totalmente perdido. Durante cincuenta páginas se describe un breve encuentro que el narrador presencia por casualidad mientras espera la aparición de insectos que vayan a polinizar las flores del jardín. Dicho encuentro, entre monsieur de Charlus y Jupien, el ujier de los Guermantes, abre un mundo ni siquiera sospechado hasta el momento, el de la homosexualidad, que explica la extraña conducta de Charlus durante los últimos tiempos (como ya vimos en "El mundo de Guermantes").

Este encuentro casual precede al que será el primer gran bloque de la novela, la recepción en casa de los príncipes de Guermantes.

domingo, 21 de abril de 2013

"Victus", por esto celebramos una derrota


Todavía resuena en mis oídos el estruendo de la última carga. Luego la oscuridad, mientras repito una y otra vez La Palabra. La redención de nuestro antihéroe, al que hemos seguido a través de una cruenta y absurda guerra hasta esta Barcelona sitiada. Hasta este 11 de septiembre de 1714.

Con Sant Jordi a la vuelta de la esquina, el movimiento independentista en pleno auge y un referéndum inminente en el horizonte, no se me ocurre mejor momento para la aparición de un libro como éste. Ya hace meses que se publicó, pero el boca a boca me hizo toparme con él hará un par de semanas. Devorarlo es quedarse corto. Y es que Albert Sánchez Piñol ha conseguido algo magnífico. Algo que se puede resumir en una palabra. Épica. Se agradece que alguien nos enseñe que, aunque ahora parezcamos cobardes borregos, alguna vez no lo fuimos.

De la mano de Martí Zuriviría, ingeniero formado en Francia por el ingeniero militar Sebatien Bauvan, que se ve involucrado en la que Sánchez Piñol no duda en llamar la Primera Guerra Mundial (más conocida como la Guerra de Sucesión Española), un personaje cobarde, pillo, traidor a cualquier causa, pasamos de batalla en batalla, por ataques, asedios, huidas, heroicidades y cada pequeña miseria de la guerra. Y nos vamos acercando a una Barcelona convertida en el núcleo de un sentimiento, el catalán, con el que llegado un punto no podemos sino sentirnos identificados.

¿Manipulación? Quizá. Aunque el autor no se ahorra golpes hacia los políticos catalanes (igual de falsos, egoístas y corruptos los de entonces que los de ahora), se intuye un amor hacia el pueblo catalán que no muestra hacia el castellano. Como se suele decir, en literatura, suele ganar el perdedor.

En resumidas cuesta, este libro sólo va de un pueblo, de una nación, a la que sus dirigentes metieron en una guerra estúpida orquestada por los reyes de media Europa. Felipe de Anjou (con Francia detrás) contra Carlos de Austria (apoyado por Inglaterra y Austria, por descontado). Media Europa babeando por hacerse con las riendas del Imperio Español.

La grandeza, sin embargo, no radica ni mucho menos en quién ganó. Al fin y al cabo es una batalla de poder entre reyes que nos importan poco. La grandeza es que cuando se perdió la guerra, cuando los ingleses huyeron por mar, cuando los franceses ya se sabían dominadores de España, el pueblo catalán tomó el relevo, y se levantó. Que aunque sus dirigentes los arrojaran a la sumisión y prácticamente a la pérdida de todos sus derechos, el pueblo se negó a rendirse. Lucharon y perdieron. Pero cómo. Eso es "Victus".