sábado, 19 de marzo de 2011

Nathaniel Samuel Fisher Jr.


El hijo pródigo volviendo a casa. Así empieza Six Feet Under. Así conocemos a Nate, en el aeropuerto, volviendo a Los Ángeles para Nochebuena. Él ya ha recorrido el camino que su hermana Claire todavía ni se atreve a iniciar. Él ya se rebeló en su día. Escogió marcharse de casa y buscarse a sí mismo en otra parte, renegando del negocio familiar.

Sin embargo, dos sucesos marcarán su vida desde el momento en que ponga los pies en su ciudad natal. Dos sucesos que lo cambiarán todo. Una muerte primero (su padre), y un nacimiento algo después (Maya). Nate se ve arrastrado por una marea que le lleva por un camino que jamás habría elegido, pero que poco a poco va aceptando. Vamos viendo su evolución (el cambio de peinado a lo largo de las temporadas, perfecta metáfora) con cierta tristeza. Su inevitable madurez, la pérdida de una frescura que nos atrapó, que nos fascinaba. Veíamos su relación con Brenda, su resistencia a convertirse en su padre... hasta que ya no pudo más y se rindió.

Y esta rendición es su final. Durante las dos primeras temporadas luchaba por imponer su identidad a pesar de todo, pero esta es una lucha ardua para alguien que, como él, no tenía la menor idea de quién era. Definiéndose a través de los demás, asumía sin quererlo demasiado su papel de patriarca moral de los Fisher, a la vez que era incapaz de alejarse de la persona más fascinante que jamás conocería: Brenda Chenowith.


Su relación con Brenda es el pilar básico de la serie. Ella es seguramente el personaje más complejo y fascinante que encontramos en esta historia (lo cual es mucho decir), y su evolución (por llamarlo de alguna manera, quizá es más apropiado su desmoronamiento...) durante la segunda temporada, mi momento favorito de la serie, si tuviera que escoger uno.

Nate la quiere tanto como es capaz de querer a alguien. Y todo sería perfecto si esto fuera una película. Si en cien minutos los conociéramos, viéramos como vencen algunas dificultades (por ejemplo los problemas causados por el hermano de Brenda), y al final acaban juntos, formando una familia. Pero esto no es una película, y este es el motivo, en mi opinión, del gran éxito reciente de las series. La posibilidad de desarrollar. La posibilidad que profundizar, y conocer realmente, de verdad, a los personajes. De seguirlos hasta el final, aunque haya que esperar años. Acompañándolos en sus momentos de gloria, y en sus miserias, e incluso en los momentos en los que realmente no les pasa nada, que los hay a montones en cualquier vida.

He escogido a Nate para complementar el análisis de la serie, junto a Claire, porque en mi opinión, ambos unidos son una grandiosa imagen de lo que es la vida. La búsqueda de la identidad, la rebeldía, el abrirse camino, representados por la pequeña de los Fisher, y luego, el choque con la realidad, la comprensión de que al final los sueños no se cumplen más que a medias, o ni eso, y se empieza a darle el valor que tienen a la familia, a la estabilidad... todo esto ejemplificado en el progresivamente resignado Nate.


¿Y cómo pasa el rebelde Nate a convertirse en un vago reflejo de su padre (que en cada aparición me mantenía fascinado a la espera de cada inspiradísima palabra que salía de su boca, con esa medio sonrisa de superioridad...)? Pues los factores son varios. Aunque si tuviera que nombrar uno tendría nombre y apellidos. Maya Fisher. Su hija. El principal motivo por el que no cogió algún día su moto y se perdió para siempre hacia ninguna parte.

Nate era un buen tipo. Nada más. Ni especial ni buscando otra cosa que la felicidad. Y acabó conformándose con lo que pudo. Con su hija, a la que adoraba. Durante algún tipo con Brenda, a la que amaba, aunque a veces ni él mismo lo tenía claro. Apoyándose en su familia. Siempre descontento. Inconformista hasta el final. Siempre pensando que su vida era provisional. Tanto por el trabajo, como por la enfermedad que le tenía en la cuerda floja.


Al final, la huella que dejó en el resto fue imborrable. Para su familia y para todos los que le conocimos. Nate no es un héroe, no podrías decir por qué era especial. Simplemente era un gran tipo con el que pasamos muy buenos ratos. Que aceptó sus responsabilidades, aunque no le gustaran, por el bien de su familia, por el bien de su hija sobre todo. ¿Cobarde? Quizá, en cierta medida.

Pero cómo olvidar cada minuto que le seguimos, cómo olvidar su última mirada al vernos marchar. Para qué olvidarlo. La única pena es que no podamos seguirle, a él y a toda su familia, durante años y años, que es lo que me hubiera gustado. Que jamás acabara algo tan maravilloso como Six Feet Under.


1 comentario:

  1. uno de mis personajes favoritos de la historia de la series. con el que me siento muy identificado. muy bueno el blog. lo guardo en favoritos.

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