martes, 5 de junio de 2012

Choque de reyes


Confusión. Caos. Guerra. Las batallas se suceden. Los muertos se multiplican. Decenas de personajes se pasean frente a nuestros ojos, muchos dejando escasa huella. En el mundo creado por George R.R.Martin, el infierno se ha desatado. Nadie está seguro. Cualquiera puede caer. 

El mastodonte de la HBO pisa con fuerza en su segunda temporada. Quizá demasiada fuerza. Sus ecos resuenan por cada rincón de los Siete Reinos. El problema es que hay tantísimos ecos que a veces cuesta entender lo que están diciendo. El caos que reina en la serie acaba por trasladarse al espectador, y eso no es bueno.

Sin embargo, la historia avanza, y no hay marcha atrás. Mientras los reyes chocan y se desgastan y dejan tras de sí un mundo devastado, y en mitad de todos ellos un enano mueve los hilos y maneja como nadie ese delicado juego, otros dos focos reclaman nuestra atención. Por supuesto uno de ellos es el inevitable Invierno, que ya está aquí. Y a juzgar por última (y soberbia) escena de la temporada, para quedarse.

El otro, claro, Khaleesi, preparándose para recuperar su trono. Cuándo lo hará... quién sabe. En esta temporada ha sido una mera figurante, perdida en las arenas del desierto junto a sus pequeños dragones.

Pero buceemos un poco en el delicioso caos que ha sido este Choque de Reyes, porque ha habido, sin duda, grandísimos momentos que merece la pena recordar...



Todo se encaminaba hacia esa gran batalla. Blackwater. Las piezas se disponían lentamente. Horas de presentaciones, de movimientos, de conspiraciones. Los contendientes se preparaban...

Un nuevo candidato al trono surgido de la nada (o casi). Stannis Baratheon, el hermano menor del malogrado rey Robert. Mencionado en la primera temporada, pero ya sabemos lo que significa mencionar un nombre en una serie como ésta. Nada. Y menos. Cuando apareció, era un desconocido. Uno más dispuesto a todo por el Trono de Hierro. Y lo cierto es que, diez capítulos más tarde, lo sigue siendo. A pesar de la batalla de Blackwater. No sé si es el actor, o el personaje. Pero Stannis no transmite nada. 

Sin embargo, mirad a la mujer que le acompaña... Melissandre. Pues si es cierto que algo de magia queda en ese mundo de (no tanta) fantasía, mucha nos llegará por parte de ella. Ya nos ha llegado, en una de las grandes escenas de la segunda temporada. Una de las más turbias, inquietantes. Quién es ese demonio humeante que se abre camino entre las piernas de la bruja. 

Por detalles como éste se lamenta el exceso de personajes. Esto merecía mucho más protagonismo. Su intervención en la consolidación de Stannis como candidato al trono (fugaz, sorprendente, diga de esta gran serie; por cierto, poniendo punto y final a un enfrentamiento que a los espectadores nos importaba bien poco...) no es suficiente. Espero que lo tenga en un futuro próximo. 


Pero volvamos a la batalla. A la otra parte. King's Landing se intenta defender, con uñas y dientes, del ataque marítimo de las tropas de Stannis, mucho más numerosas. La derrota parece segura. El rey Joffrey, que se ha revelado como un inútil sádico (brutal y necesaria escena, en mi opinión; todos sabéis a cuál me refiero...), no tiene ni la voluntad ni la capacidad de liderar la batalla. 

Sin embargo, sí hay un líder entre los Lannister. El único capaz de moverse como pez en el agua por los pasillos de mentiras y susurros donde Stark tropezó, y cayó. El gran Tyrion. Uno de los mejores, si no el mejor, personaje de Game of Thrones. Sus charlas con Varys el eunuco, y la consolidación de esa extrañísima (o no tanto) amistad, son otro punto a favor de la serie. Y es que Tyrion tiene las mejores frases, los mejores golpes. En esta segunda temporada se eleva y se hace con el control del mayor capítulo. Lo toma y lo hace suyo, igual que la batalla. 


La batalla, y el capítulo, que han generado más controversia. Carísimo. ¿Insuficiente? Personalmente, no me quejaré de los efectos especiales jamás si están a un nivel tan decente como aquí. No necesito más. Necesito una buena historia, unos buenos personajes

Si de algo me quejaré, y es un problema que lastra bastante a la serie, es que las batallas son demasiado bruscas, apresuradas. No hace falta mostrarlo todo. Ni mucho menos. Pero no la prepares durante tres, cuatro capítulos, para finiquitarla en medio. Y encima en ese medio capítulo, mostrarnos a una insoportable Cersei (el peor personaje de la serie... lo siento, no la trago) medio borracha, mal borracha, soltando el clásico discurso para dar epicidad al momento.

No he leído los libros. Quizá lo haga al acabar la serie, o cuando ya no pueda esperar más. Pero por lo que he oído, esta batalla tenía mucho más. Sólo diré que por lo que he visto, me lo creo. Una lástima.

Por suerte hay muchísimas otras cosas en Game of Thrones. Detalles geniales, sorprendentes, que te hacen  disfrutar capítulo a capítulo. Son tantas que siempre que escribo sobre la serie sube mi valoración. Sólo mencionaré uno del season finale que me hizo sonreír, pensando precisamente en las posibilidades de la serie, en los flancos abiertos que tiene, a cuál más interesante. 

Otros, como toda la historia de Greyjoy y de Robb Stark, por alguna razón me sobran totalmente.

Pero detalles como éste me hacen estar atento a cada minuto de la serie...


Para acabar, por supuesto, el final. Lo que llevaba esperando ver desde los primeros minutos de la serie. Al fin llegó el Invierno. Al fin vimos a los White Walkers. Desde el principio me lamentaba porque no nos mostraran más lo que ocurría sobre el muro. No sabemos demasiado aún. Pero lo poco que nos han mostrado me tiene contando los días para que llegue la tercera parte, una Tormenta de Espadas que promete muchísimo...

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