lunes, 12 de noviembre de 2012

American Horror Story, terror y excesos sin fin



En el panorama seriéfilo actual, encontrar algo nuevo siempre llama la atención. Porque todo parece lo mismo. Una nueva comedia. Un nuevo drama de época. Un policiaco más. Y sin embargo, a veces nos sorprenden. Eso ocurrió el octubre pasado, cuando llegó a nuestras pantallas la primera temporada de la que sería una de las series revelaciones del año: American Horror Story.

Por qué era nueva. Simplemente por el género. Terror. Sin concesiones. Terror puro y duro.

Es este un género curioso, tan fascinante como en apariencia desaprovechado, con pocas obras maestras absolutas y muchos intentos, más o menos exitosos, de abordar esas sombras, esos murmullos, ese movimiento furtivo que despierta la parte más primitiva y más fértil de nuestra imaginación.

Hijo de la literatura, que nunca ha podido, o querido, adentrarse en terror más puro (Poe, Lovecraft, incluso King, por no hablar de los Stoker o Shelley, siempre tienen matices, siempre es algo más, ya sea metáfora de la naturaleza humana, aventura, ciencia ficción…), el cine lleva más de un siglo intentando activar esa parte de nuestro cerebro, provocando el escalofrío o directamente haciéndonos saltar de la butaca. Al fin y al cabo su naturaleza visual y auditiva le permite prescindir del componente en el que se sustenta la literatura, y el arte en general: la imaginación. Sin él, el espectador está indefenso.


Sin embargo, aunque en ocasiones sí han dado con la tecla, se requiere un componente de genio o de locura no demasiado habitual, motivo por el que lo que abundan son obras mediocres, aburridas y predecibles con un esquema demasiado similar. Sí, “El exorcista” da miedo. “La maldición” japonesa me lo dio, y mucho. Se me ocurren más, pero son excepciones.

En televisión es aún más raro ver alguna serie que se pueda catalogar de terror. Lo más parecido, la serie danesa The Kingdom o algún capítulo de Expediente X. Por eso la llegada de American Horror Story el año pasado fue recibida con grandísima expectación. Su cabecera, una verdadera genialidad, ponía el listón aún más alto.


Ahora, sumergidos en una segunda temporada tan fascinante como perturbadora, por momentos incluso mejor que la primera, me apetece comentarla, más allá de los detalles de cada capítulo. AHS no es la obra definitiva en el género del terror. Es una locura absoluta, un magnífico collage de todas las historias ya contadas, con una ambientación opresiva y cuidadísima (esos mil planos alternándose), con personajes desquiciados, con todos los monstruos y engendros que la mente más enferma podría imaginar, además de pesadillas y perversiones que no contaríamos a nadie si nos acometieran alguna noche...



En la búsqueda del terror absoluto, los creadores de AHS han optado por el exceso.


La primera temporada condensaba tantísimas historias dentro de la casa encantada que vertebraba el relato, que intentar explicarlas sería un sacrilegio. La mayoría eran fascinantes. Jessica Lange y todos los secretos que traía consigo. Su hija, que duró demasiado poco. El hombre de Látex. Tate (la escena de la biblioteca aún me pone los pelos de punta). La criada. El tipo de la cara quemada. Me dejo mil seguro. Había ocasiones en que todas las tramas despegaban de golpe, y la avalancha de sucesos era tal que casi nos apabullaba, y se nos quedaba la misma cara que al pobre Dylan McDermott, perdido e incapaz de asimilar lo que ocurría a su alrededor, mientras su vida entera se desmoronaba.



Un final de temporada perfecto, que redondeaba una serie apabullante, de extremos, que huye de medias tintas y lo da todo, para bien y para mal (hubo en cierto modo un efecto azucarillo a media temporada, cuando ya se perdió el factor novedad, que nos descolocó a muchos), lo dejó todo cerrado, pero siempre con la sensación de que la fórmula no estaba ni mucho menos gastada. Siempre que se arriesgaran. Siempre que se mantuvieran fieles a su filosofía. Todo puede pasar. Todo. Lo peor, e incluso aún más allá.



En los cuatro capítulos que llevamos de segunda temporada, ya sumergidos en la vida del manicomio Briarcliff, se puede apreciar que la atmósfera va a ser aún más desquiciante y opresiva, que la sangre correrá como siempre y no se nos dará el menor respiro, menos aún que en la primera. Que desearemos no haber entrado jamás en ese edificio maldito donde los crímenes más atroces se cometen a diario, donde los asesinos no están en las celdas sino que tienen las llaves, y no hay una sola persona que pueda considerarse cuerda. El demonio campa a sus anchas por el asilo corrompiendo a todos tras su angelical apariencia. No sé cómo acabará la temporada. Si será la última. Qué más da. Tras un inicio algo dubitativo, la serie ha arrancado de nuevo. Sólo nos queda disfrutar.




Momentos de auténtico terror, de terror puro, cuando nos adentramos en el bosque sin saber lo que oculta, cuando destapamos la sábana y vemos que jamás habrá escapatoria, que todo ha acabado. Los que disfrutamos con ese escalofrío, los que pedimos más, jamás nos quejaremos de American Horror Story pues se ha atrevido a llegar al máximo, a la exageración quizá, a la locura misma. 


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