martes, 22 de mayo de 2012

Hasta siempre, House

 

Todo empezó el 11 de noviembre de 2004. Nos encontramos en los ajetreados pasillos de un hospital todavía extraño, el Princeton-Plainsboro. Le vemos a lo lejos, avanzando hacia nosotros, cojeando, y jamás podríamos imaginar quién es. Barba de varios días. Camisa por fuera. Bambas. Su inseparable bastón. Acabamos de encontrarnos con Gregory House. Por supuesto, pasa a nuestro lado sin saludarnos. 

Ese año la televisión cambió para siempre. Ese año surgieron las dos series que hicieron posible todo lo demás. Mucho más influyentes que Los Soprano, The Wire, Six Feet Under... No suelen estar arriba en los rankings. Pero son, sin duda, las causantes de que millones de personas en todo el mundo descubrieran que la televisión no tiene por qué ser la caja tonta. Que no todo es sentarse y ser bombardeado. Es imposible entender el panorama audiovisual actual sin haber oído hablar de Lost o de House.

21 de mayo de 2012. Todo se acaba. Ocho años más tarde, todo es distinto. La misma Lost que tenía en vilo al mundo, listo para descargar el siguiente capítulo horas después de emitirse, ha sido lapidada y relegada al papel de "fraude". 24, otra de aquellas pioneras en esta edad dorada de la televisión, nos brindó la última imagen de Jack Bauer hace ya dos años. Hoy en día las reinas son otras. Game of Thrones, Mad Men, Breaking Bad. Decenas de series nos obligan a hacer malabares para estar al día.

Sin embargo, a pesar de todo, a pesar del tiempo, del desgaste, de las mil alternativas, no hay un seriéfilo que no recuerde con cariño la época en que vio por primera vez un capítulo de House.

Horas después de emitirse el último (gran) minuto de serie, éste es un tributo a uno de aquellos personajes, igual que Sherlock Holmes en su día, que sobrepasan a su creador y dan el salto al otro lado, a la realidad. Gregory House es algo más que el protagonista de una serie de televisión. House, igual que Los Simpsons, capta mejor lo que es el ser humano que cualquier libro de texto, que cualquier estudio psicológico. Todos mentimos. A los demás, pero sobre todo a nosotros mismos. Todos buscamos la felicidad, sin conseguirlo porque la mayor traba somos nosotros mismos. De eso va esta serie.

Ocho temporadas después, House se despide con un magnífico final. Veamos, siempre después de haber disfrutado de ese (ya) histórico capítulo que es "Everybody Dies"...


Empezaremos por situarnos, aunque sea innecesario presentar al (quizá) personaje más famoso de la televisión actual. 

Lo primero es separar las dos partes clarísimamente diferenciadas en que se divide la serie. La primera, los casos médicos. En ella hemos visto dilemas morales de todo tipo, casos extraños y complejos, algunos bordeando lo surrealista (S08E18 y la levitación...). Todos nos enseñan algo de los protagonistas. Todos son un espejo de lo que estamos viendo al otro lado. De la parte que ha convertido la serie en lo que es.

Esta otra parte se llama Gregory House. El Sherlock Holmes del siglo XXI. Él y sus circunstancias. Él y nada más es el motivo de que la serie haya aguantado ocho temporadas, y hubiera mantenido espectadores otras ocho más si los directivos hubieran querido.

Personalmente, hubiera seguido viéndola aunque no fuera más que Hugh Laurie sentado en su despacho, con la pelota en la mano, y tarareando alguna tontería durante 45 minutos. House era un reducto de calidad. Arriesgándose sólo en contadas ocasiones, pero manteniendo un nivel excelente que ya quisieran muchas otras alcanzar...


Durante estos ocho años hemos hurgado en el alma de House hasta rincones casi obscenos. En mi capítulo preferido (S04E15, "House's Head"), nos adentramos por primera vez en su subconsciente, en busca de la verdad sobre el accidente de autobús que casi le cuesta la vida (y le costó a Amber, la pareja de Wilson). Allí dentro vimos con claridad lo que ya se intuía desde siempre. Lo más fascinante de la serie es, qué duda cabe, lo que ocurre en la cabeza de House. Por eso este último capítulo me ha gustado. Porque se metieron de lleno en el único sitio que de verdad nos interesa a los fans de esta serie, enfrentándose al último y mayor dilema. Vivir o morir. Por qué. Para qué.

Las circunstancias cambian. El dolor de la pierna es más o menos soportable. Las parejas llegan, se van, los grandes amores sucumben a la rutina y a la estupidez innata al ser humano. Los compañeros de trabajo vienen y van. Algunos llegan a ser algo más. Unos pocos, muy pocos, pueden llamarse amigos.


Sobre estos últimos se ha centrado el final de la serie. Sobre los amigos. Sobre lo que hace que la vida merezca la pena. Alguien tan miserable como House, tan amargado, sólo justifica su existencia por esos momentos escasos en los que disfruta con Wilson. Durante las ocho temporadas, aun humillándole y engañándole y perjudicándole de mil formas, siempre acababa entreviéndose que ambos disfrutaban como enanos con ese juego. Entre personas que no son más que islas (todos los personajes de la serie lo son), ellos dos son los únicos de la serie que puede llamarse amigos. De verdad. Con todas sus consecuencias. Cuando esto parece llegar a su fin, todo se derrumba.

La enfermedad del que ha sido el gran pilar en el que se apoyaba House (resolvió el 90% de sus casos a raíz de un comentario suyo...) parecía presagiar un final triste, desolador. Por suerte no ha sido así. House no podía acabar bien, pero este es el mejor final.

 

Les quedará poco. Pero ese poco es una eternidad, en lo que a nosotros respecta. House y Wilson siempre seguirán sobre sus motos, juntos, cabalgando hacia el horizonte. Han recorrido un largo y penoso camino (la vida), con sus más y sus menos, sus grandes momentos y sus terribles valles. Pero cuando la pantalla queda negra, y los perdemos de vista, así quedan inmortalizados.

Así les dejamos. Y sólo queda, una vez más, dar las gracias por haber podido adentrarnos cada semana en la consulta del médico que jamás querríamos encontrarnos en la realidad, pero al que nunca hubiéramos querido abandonar, que nos fascina y al que admiramos desde el primer día. Hoy lo hemos hecho. Hoy le hemos dicho adiós.

Hasta siempre, House. Gracias.




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