jueves, 8 de agosto de 2013

Sodoma y Gomorra


Se ha convertido, por méritos propios, en un refugio seguro al que acudo cada cierto tiempo. Cuando me encuentro perdido en novelas intrascendentes que me hacen olvidar demasiadas cosas que no debería, cuando necesito empaparme para sacar lo mejor de mí mismo. "En busca del tiempo perdido" es un territorio salvaje, tan arduo y fatigoso que la dificultad de su lectura sólo es comparable al beneficio que le reporta a uno como lector, como escritor, como persona

A estas alturas, cualquiera que se embarque en la cuarta parte de la obra de Proust, "Sodoma y Gomorra", ya sabe lo que le espera, pues lleva un largo trecho a sus espaldas. Prosa deliciosa, minuciosidad extrema en cada descripción, disecciones precisas de los personajes, llegando al alma de los mismos a base de hurgar con cada adjetivo, con cada metáfora. 

Proust empieza la novela de forma brusca, como si ya desde la primera página nos quisiera sumergir en el torrente imparable que es su obra (pues los siete tomos no son sino capítulos de un todo casi monstruoso). Aunque si alguien espera la más remota acción anda totalmente perdido. Durante cincuenta páginas se describe un breve encuentro que el narrador presencia por casualidad mientras espera la aparición de insectos que vayan a polinizar las flores del jardín. Dicho encuentro, entre monsieur de Charlus y Jupien, el ujier de los Guermantes, abre un mundo ni siquiera sospechado hasta el momento, el de la homosexualidad, que explica la extraña conducta de Charlus durante los últimos tiempos (como ya vimos en "El mundo de Guermantes").

Este encuentro casual precede al que será el primer gran bloque de la novela, la recepción en casa de los príncipes de Guermantes.

Multitud de personajes de la más alta sociedad desfilan aquí, tratándose mil y un temas pero siempre emergiendo el que es uno de los vértices de toda la obra, la cuestión Dreyfus, y su evidente relación con el aumento del antisemitismo entre la sociedad francesa. Es aquí donde empezamos a vislumbrar que la opinión general empieza a virar, cada vez son más los que apoyan al capitán. De entre sus mayores defensores, más aún por su origen judío, encontramos de nuevo a Swann. Como ya vimos al final del libro anterior, su salud empeora y su fin anda próximo, y aquí nos encontramos con una nueva muestra, a juzgar por la descripción que de él hace Proust. Pero me atrevo a decir que su familia, y en concreto su hija Gilberta, todavía tiene reservada más de una aparición en los volúmenes que siguen.

Por supuesto, durante la recepción, son continuas las referencias al comportamiento de monsier de Charlus, ahora vistas bajo un nuevo prisma. Las reflexiones de Proust sobre la homosexualidad son quizá algo exageradas, prefiero dejar a cada uno su interpretación, pero tras una primera lectura, lo achaco al amaneramiento de la nobleza de la época más que a una simplificación del autor. Debo confesar que desde hacía varios libros (quizá desde el primero) sospechaba del mismo Proust al respecto, aunque no parece que vaya a tomar ese camino.

Y es que a pesar de las continuas atenciones de todos los presentes en la fiesta, incluidos los mismos príncipes y los duques de Guermantes, nuestro protagonista sólo tiene una cosa en mente: huir cuanto antes, pues en pocas horas ha quedado con Albertina para un encuentro nocturno que nos da una idea de sus sentimientos hacia ella, puramente carnales. La chiquilla es sin duda el personaje más maltratado de la obra. Un mero juguete para el deleite de su amo, que la llama a horas intempestivas, la saca de cualquier cena o reunión mediante burdas artimañas.

Así, huyendo de casa de los Guermantes, y en los brazos de Albertina se llega al fin de la primera parte de la obra. Como siempre, esto no es más que un descuidado bosquejo. Para saber lo que es describir, y escribir, a la postre, hay siete tomos a vuestra disposición.


La segunda parte transcurre en un escenario de sobras conocido, el ficticio pueblecito de Balbec a orillas del mar donde Proust pasó un inolvidable verano junto a su abuela, minuciosamente inmortalizado en "A la sombra de las muchachas en flor". Precisamente allí conoció a Albertina.

Sin embargo, algo inesperado asalta a nuestro héroe y lo hunde en la más absoluta tristeza cuando pisa el lugar, ahora acompañado de su madre, por segunda vez. Y es nada menos que el recuerdo, mitigado hasta ahora por la vida mundana en la que andaba sumergido, de su malograda abuela, de los malos ratos que le hacía pasar. En suma, asume ahora que la ha perdido para siempre, que jamás la tendrá a su lado de nuevo. Esto le hunde hasta el punto de no querer abandonar el hotel, de no recibir siquiera a Albertina, que también veranea por la zona (detalle curioso... o forzado), o a otras huéspedes ilustres que intentan visitarlo sin éxito.

Para rematar su dolor, en una de sus salidas con Albertina, donde se encuentran también algunas de las otras muchachas que antaño adoró mientras las veía a lo lejos en el paseo de Balbec, ocurre algo que transtorna aún más su relación con ella. Encontrándose allí el doctor Cottard, realiza este un comentario bastante malicioso al ver bailar juntas a Albertina y a Andrea, otra de las muchachas. Proust empieza a desconfiar entonces. ¿Son los gestos, las risas, las caricias que se prodigan, algo más que amistad? Esa sospecha lo atormenta, y complica aún más su relación.

Poco a poco, sin embargo, su pena va disminuyendo, o la va olvidando, y antes de que nos descuidemos lo encontramos en un tren de camino a la comida campestre que organiza madame de Verdurin. Sí, la necia e insoportable del primer volumen de la obra, en cuyo salón se desarrolló el amor entre Swann y su ahora esposa Odette, reaparece en su mansión de la Raspelière, donde reúne a su selecto círculo de imbéciles, como el doctor Cottard, Saniette o Brichot, o el filósofo noruego llamado Ski. Todos ellos creyéndose miembros del más exclusivo grupo, resulta curiosa la forma en que Proust se burla y los ridiculiza a la menor ocasión. Sobre todo comparando este grupo de gente con el que poblaba la cena en casa de los Guermantes de la primera parte del libro.

Como detalle, además del propio Proust, el otro invitado a la comida, aparte de los miembros habituales de la casa de la Verdurin, es ni más ni menos que monsieur de Charlus. Éste acude junto a su protegido, Morel, un muchacho, virtuoso del violín y de procedencia humilde, al que no deja de agasajar durante toda la comida. Los demás prefieren ignorar la evidente relación entre ellos, regodeándose en charlas intrascendentes, dedicando páginas y páginas a la etimología de los nombres de las localidades cercanas.

Durante las últimas páginas del libro vemos desarrollarse en paralelo dos relaciones. La primera, aparente foco central, la de monsieur de Charlus y Morel. Vemos su día a día, la aparente frialdad de Morel, que sólo utiliza al otro para escalar en la alta sociedad, y las artimañas del otro para garantizar la fidelidad de su amado. Queda su historia en el aire, pues llega el día en que la de nuestro narrador se adueña del relato. Decidido a romper con Albertina, una conversación casual con ella en la que se confiesa amiga íntima de madame de Vinteuil (hija del célebre compositor), mujer de mala fama, reaviva y confirma todas las sospechas de nuestro protagonista.

Pero la curiosa reacción de Proust al imaginarse las relaciones de Albertina con otras mujeres, lejos de indignarle o confirmar su decisión de romper con ella, le llena de unos celos insoportables, tanto que, en un arranque, le confiesa a su madre, cerrando así la novela, que es absolutamente necesario casarse con Albertina. 

Así nos deja en vilo hasta las siguientes líneas de la próxima novela, con la que espero hacerme muy pronto, y acelerar así mi andanza por este camino en el que ya he dejado atrás el ecuador, viendo la meta allí al fondo, lejana todavía pero ya una realidad.




1 comentario:

  1. Hola, como te decía en mi comentario a "El mundo de Guermantes", tengo un detalle que comentar. Dices que el mundo de la homosexualidad es algo que ni se sospechaba que sería tratado hasta esta novela: "Sodoma y Gomorra". Pero si te fijas bien, en la anterior novela, Roberto Saint-Loup tiene tres amigos. Forman el grupo de los cuatro gigolos. "Siempre se les veía juntos en los paseos, en los castillos, donde les daban habitaciones con comunicación entre sí, de modo que [...] corrían rumores a cuenta de su intimidad. [...] más tarde se supo que esos rumores eran verdaderos".
    De ese "más tarde" se puede deducir, conociendo a Proust, que esos hechos serán desarrollados a lo largo de su obra.
    Además, Charlus, si no recuerdo mal, presume de haber dado una paliza a un homosexual y, como te decía en el otro comentario, precisamente quienes quieren ocultar su homosexualidad suelen ser muy agresivos a la hora de mostrar, de cara a la galería, su rechazo hacia ella.
    Por otra parte, ya en la primera novela vemos una relación lésbica (mostrada negativamente).
    Otra cosa relacionada: Según leo a Jorge Edwards, que lo habrá sacado de buenas fuentes, Albertina está inspirada en el chófer de taxi Alfredo Agostinelli.
    Añado un enlace al prólogo a Un amor de Swann que escribió dicho autor chileno. La verdad es que es muy interesante.
    Saludos, nuevamente.

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