lunes, 13 de enero de 2014

"Santuario", el mal nuestro de cada día



Novela polémica donde las haya la que escribió William Faulkner en 1931, rodeada de un halo de leyenda y sordidez que me atrajo lenta pero inexorablemente durante los últimos meses, siempre mirándola de reojo, consciente de la delicia que suele ser para un servidor perderme en la magnífica prosa de este genial premio Nobel norteamericano, y por qué no, con ganas de descubrir el gran misterio. Qué terrores y aberraciones ocultaban esas páginas. Los motivos de la censura, del escándalo que supuso en su época.

Hace un par de semanas, por fin, acabé embarcándome en la lectura, de "Santuario" la novela que abrió de par en par las puertas de la fama a su autor, y entendí bastante. Entendí por qué el mismo Faulkner odió y repudió su propia obra, siempre esgrimiendo el argumento de que la había escrito por dinero. Entendí que se trata de una pesadilla en la que el lector se adentra, despistado, algo perdido por el estilo fragmentado, los diálogos secos y a veces inconexos, sin saber muy bien dónde está, qué ocurre en esa casa perdida entre los maizales, gente que entra y sale, una mujer que oculta un bebé en un cajón para protegerlo de las ratas, contrabandistas, licor, un hombre amenazante llamado Popeye, incautos universitarios que sufren un accidente y acaban allí... 

Durante las primeras páginas damos tumbos algo mareados preguntándonos el por qué de lo que estamos leyendo, pero antes de que nos demos cuenta, ya somos incapaces de detenernos cuando el inevitable horror se adueña de la historia. Entonces comprendemos que no es una pesadilla, que no podremos escapar tan fácilmente.


Aceptamos el horror al que se enfrenta la protagonista, Temple Drake, tan sólo porque Faulkner nos ha insensibilizado con su estilo, con su forma de conducirnos. Descrito con crudeza en lugar de con su prosa poética y fragmentada, este relato sería del todo insoportable, por no decir aberrante.  La violencia nunca es gratuita, nunca se da por sentada. Duele, como debe ser. Incluso así, o por ello precisamente, cuando llega el momento de la revelación y se muestra al lector lo que ocurrió realmente, tuve que detenerme, asqueado.

Es el mal que camina entre nosotros el que nos muestra Faulkner. Algo tan terrible que sólo puede real. Algo en lo que más vale no pensar. Brillantes elipsis en los momentos clave, seguimos adelante porque no queremos saber. O sabemos pero no queremos aceptar. Seguimos leyendo, no miramos.

Imperfectamente brillante.

Se puede intentar resumir a grandes rasgos la historia para hacerla digerible, podría trazar la historia del idealista abogado Horace Benbow (brillante su vuelta a casa), intentar hacer una radiografía de la corrupta sociedad que nos muestra el libro, del inolvidable monstruo Popeye, o ponerme a discutir sobre la inocencia de Temple Drake, pero no haré tales cosas.

Hay que dejarse envolver por ese halo único del que sabía impregnar este escritor a sus obras, ese increíble y terrible mundo propio que es el ficticio (o no tanto) condado de Yoknapatawpha, que a la postre no es sino un reverso oscuro, o realista, del que nos muestran las historias de John Steinbeck. Y quien haya leído el final de Las uvas de la ira sabe que para oscurecer eso hay que llegar muy lejos. 

Cierro los ojos y pienso lo grande que podría ser una adaptación de esta obra de la mano de Sam Peckinpah, de quién si no. Lástima.

Fascinado, asqueado, queriendo olvidar pero sin ser capaz. Leer a Faulkner siempre es recordar hasta dónde puede llegar la literatura. No me atrevo a recomendar el libro. No sé si me ha gustado, al fin y al cabo, de la mitad sólo me enteré cuando ya había acabado de leerlo. Pero sé que dentro de un tiempo empezaré  a mirar de reojo otra de sus obras. Mientras agonizo tiene todos los números. Y querré volver... 

1 comentario:

  1. Muy, muy interesante... la atracción del terror bien dibujado es realmente poderosa.

    Buena entrada, y mejor blog, ¡felicidades!

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