jueves, 13 de diciembre de 2018

El ensayo general, o la genialidad de Eleanor Catton



Hace un par de años, en una de mis habituales batidas por los más importantes premios literarios, llegó a mis oídos (y como si fuera la siguiente e inevitable pieza de un dominó cuidadosamente distribuido) acabó cayendo en mis manos una monumental novela que acababa de ganar el prestigioso premio Man Booker 2013. Su título, The Luminaries. Su autora, la más joven de la historia en ganar ese premio (28 años), un nombre que jamás hasta entonces había escuchado: Eleanor Catton. 

Ese libro merecería una y decenas de reseñas, y (como bien dijo un maestro sobre otra incontestable joya) si la literatura todavía se tomara en serio, el nombre de su autora correría de boca en boca y esperaríamos ansiosos cualquier noticia de esta canadiense, criada en Nueva Zelanda, que ya nos ha regalado dos deliciosas e inolvidables novelas, la primera de las cuales me ha obligado a sentarme y dejar constancia de la gratísima sorpresa que me acabo de llevar. 

El ensayo general nació como tesis de graduación del Máster de Escritura Creativa que cursó su autora, y pensar que esta obra la escribió con 22 años da una idea del prodigio que tenemos delante. Muchas veces al leer cierta escena, cierto diálogo, he acabado deteniéndome para saborearlo, mientras meditaba sobre lo que todavía puede ofrecer alguien que ya en su primera obra muestra no sólo una técnica depuradísima sino tal profunda comprensión sobre la naturaleza humana. 

Dos líneas argumentales que discurren en paralelo nos llevan a conocer a los que serán los protagonistas de la novela. 

El primero, Stanley, aspirante a actor que acaba de ingresar en una de las más prestigiosas escuelas de interpretación del país, donde gran parte del proceso de aprendizaje requiere romper todas sus corazas psicológicas y reinventarse nuevo, blanco y moldeable. La segunda, la quinceañera Isolde, alumna de saxofón, se ve envuelta en el escándalo que provoca el descubrimiento por parte de la escuela de la relación de su hermana con un profesor. 

Las ramificaciones de tal noticia en todas las alumnas, en los padres, en los profesores, en toda la institución, se muestran con un gusto exquisito mientras Catton hurga sin piedad en la falsa moral con la que se tratan siempre temas de esta índole. 

Curiosamente descubrimos, ya avanzada la novela, que los alumnos de primer curso de la escuela de Stanley deben organizar como trabajo de final de curso una obra, que ellos mismos escribirán y organizarán. Esta obra, tras arduas deliberaciones, acaba siendo la historia de un colegio sumido en el escándalo de un profesor y su ilícita relación con una de sus alumnas

Ambas líneas construyen un relato entrelazado fascinante, inteligente, salpicado de reflexiones que perdurarán en mi memoria bastante tiempo. Las reflexiones de los profesores, sobre todo de la hastiada profesora de saxofón, y por otro lado las clases de interpretación, bordeando la tortura psicológica, constituyen pequeñas perlas cuya grandeza aumenta si cabe al recordarlas.

Aunque si algo me quedará grabado es que existe una autora maravillosa que, tras dos novelas, se alza por méritos propios como uno de los nombres a seguir ahora y siempre en el panorama literario. Si nos ha regalado esto antes de cumplir los treinta años, ¿hasta dónde puede llegar?


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