miércoles, 7 de septiembre de 2011

La fauna de Carnivale (I): La eterna lucha


Es un tema tan antiguo como la humanidad, o incluso anterior. Quizá el más importante de todos. Quizá el único importante. Es la batalla que jamás se detendrá, mientras haya un ser racional que mire a su alrededor y se haga preguntas. Y se dé cuenta de que esa batalla se libra incluso (o sobre todo) en su interior. Es la pugna eterna entre el bien y el mal.

De eso va Carnivale. Más allá de la época, de los personajes que libren esa batalla. No es la historia de un circo ambulante que va de pueblo en pueblo por la América profunda. Aunque se venda como tal. Aunque lo mejor y más destacable (yo mismo la he recomendado mil veces explicando sólo esa parte) sea precisamente el circo.

Después de ver la serie, uno se da cuenta de que no va sobre eso. Al final de los créditos ya nos muestran las cartas, literalmente. No nos engañan en ningún momento. A un lado el Diablo, al otro Dios. Ellos son los protagonistas reales.

Así pues, empezaré el repaso a los personajes de Carnivale con los dos que representan esta lucha. Los dos hombres que vemos sobre el ring, estudiándose, acercándose con una tentativa y volviendo hacia atrás, esperando el momento propicio... El momento de descargar el golpe.

Ben Hawkins y Justin Crowe.




El Bien siempre anda temeroso sobre la faz de la Tierra. Mirando a su alrededor, tropezando solo, algo perdido. Dubitativo. Atemorizado por el inmenso poder de su rival, siempre infravalorando el suyo.

Así es Ben Hawkins. Así es cuando lo recoge el Carnivale tras la muerte de su madre, en el primer capítulo, así es cuando se marchan de Nuevo Canaán al final de la serie. Es un chaval perdido que no acepta quién es, que no tiene perspectiva alguna excepto la que le marcan sus sueños (de los que reniega) o un supuesto destino. Por suerte tiene a sus amigos (el Bien suele tenerlos) que le ayudan y le guían.

Podría achacársele todos los males del personaje al actor (con razón). A los guionistas, que no han sabido hacerle madurar, o crecer como personaje. A tantas cosas. Me quedo con el simple e innegable hecho de que el Bien no es un material literario (o televisivo) ni de lejos tan fascinante como pueda ser el Mal.

Y a eso vamos...



Seguro, confiado. Lleno de fuerza y poder sin límites. Capaz de manipular hombres y hacer prácticamente lo que desee. El mundo es su jardín, y en él juega como le place, buscando solo la destrucción y el caos. Así es el Mal.

El Hermano Justin es su profeta en el mundo de Carnivale. Un mundo sumido en una terrible depresión, la economía dejando en la calle a miles de personas que se arrastran por los caminos buscando un futuro mejor en California, la tierra prometida. Vagando por esos caminos, Justin comprende el mundo que le rodea, la desesperación que impera.

Palabras vacías, discursos que enfervorecen a las multitudes. El Mal sabe hablar, convencer. Sabe lo que la gente quiere oír. Es tan fácil manipularlos. Y con ellos en el bolsillo, el poder se vuelve ya ilimitado. Podrá imponer su reino del terror en cuanto le plazca.

Sólo teme una cosa. A su archienemigo, el Bien. Porque a pesar de todo el poder, siempre debe caminar en la sombra, o al menos no mostrar jamás su verdadero yo a la luz del sol. Siempre debe tramar, engañar, mentir. Satisfacer sus depravados deseos en la clandestididad. Está solo.

El Bien no es así. El Bien puede tener miedo, puede dudar. Pero avanza hacia el enemigo y se planta en su casa (Hawkins irrumpiendo en Nueva Canaán en vez de al revés). Tiene el valor, el coraje que le falta al Mal. Y no lo hace solo. Pues las almas nobles se ayudan, mientras las ruínes huyen unas de otras.

Esta lucha es Carnivale. Esta lucha es el mundo desde su origen, y sólo falta escoger bando, y luchar.


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