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Borregos

Octubre de 2009. Las imágenes se suceden en la pantalla del televisor mientras la familia come en silencio alrededor de la mesa. La presentadora empieza a hablar después de la tonadilla inicial, con su voz melosa y tranquilizante.

Un caso más de corrupción encabeza las noticias del día. Como tantos otros durante los últimos meses, y los que seguirán. Sólo que éste no es lejano, no es de un pueblo perdido junto al mar. Las escenas son dolorosamente familiares. El ayuntamiento, policías y periodistas inundando la plaza donde los niños suelen jugar a fútbol por las tardes.

Ahora los dos muchachos, ya crecidos, que rememoran esos partidos a pleno sol, en verano, ven como entre flashes y gritos se abre camino un señor de cabello canoso, cabizbajo, arrastrado por los agentes de policía a uno de los furgones que han venido a buscarle. Es el alcalde.

La indignación sigue. Los cuatro miembros de la familia comentan lo ocurrido. Madre mía. Era de esperar. Lo que estaba pasando aquí no era normal. Si ha robado, lo tendrían que meter en la cárcel y que no saliera más. Qué vergüenza. El problema es que aquí siempre ganan los mismos, hagan lo que hagan. Se aprovechan de la ideología de la gente.

Y así seguirían los comentarios durante semanas. Concretamente, mientras los periódicos fueron recordando la noticia. Luego, si le preguntabas a cualquiera, no sabrían decir ni si el alcalde seguía en prisión, o campaba a sus anchas por la ciudad.

Mayo del 2011. Elecciones. Carteles por toda la ciudad. Un rostro nuevo. Promesas vacías. Los mismos titiriteros detrás, en la sombra. Y les volverán a votar, convencidos de que no hay otra opción. Y luego, cuando les vuelvan a robar, se preguntarán por qué. Dirán que es una vergüenza.

Pero se engañan. Porque si roban una vez, la culpa es del ladron. Si te roban dos... la culpa es tuya.


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