Ir al contenido principal

Voces de Chernobil

 
La noche del 26 de abril de 1986… En una noche nos trasladamos a otro lugar en la historia. Saltamos a una nueva realidad, fuera del alcance  no solo de nuestros conocimientos, sino también de nuestra imaginación
 
El premio Nobel a Svetlana Aleksiévich este año ha permitido descubrir recientemente esta autora bielorrusa a muchos despistados lectores (como un servidor) que quizá jamás se hubieran acercado a su obra de otra forma.
 
Voces de Chernóbil es un fascinante libro que recoge decenas de testimonios de personas afectadas por un suceso que, aún hoy, casi treinta años después, todavía permanece sumido en una densa niebla, sin duda porque las implicaciones y consecuencias de lo ocurrido van mucho más allá de lo que nuestra mente quiere aceptar.
 
Monólogo tras monólogo, reproducidos literalmente como si cualquier comentario y opinión fuera a quebrar un delicado equilibrio, nos perdemos en ese mar de voces, desde el desgarrador relato de la esposa de uno de los bomberos que acudió a apagar el incendio en la central hasta surrealistas historias de personas que, debido a la falta de información, seguían viviendo sus vidas en territorio contaminado. Ofreciendo su comida y su casa a los soldados que pasaban. Niños enfermos, historias de amor truncadas, una maldición en los genes para los hombres y mujeres del futuro...
 
Sustituyendo la información, la protección y una gestión adecuada de la hecatombe por odas al patriotismo, a la eterna amenaza externa. Es más fácil eso que asimilar la realidad. La energía nuclear es una puerta hacia lo desconocido. Por primera vez tenemos en nuestras manos algo que puede destruir todo cuanto nos rodea, no sólo matarnos los unos a los otros. Animales, plantas, la naturaleza, la Tierra entera...
 
Chernóbil es muchas cosas, tantas como opiniones puedan rescatarse, por eso pronunciar un discurso al respecto es complicado. Aleksiévich ha optado por recurrir a un rigor casi periodístico, más allá del discurso oficial, más allá de explicaciones científicas, se ha limitado a mostrar lo que el accidente ha provocado. En 1986, ahora y en el futuro. Se ocultó la verdad, se cometieron crímenes imperdonables por simple burocracia, por miedo a las apariencias, se ha hipotecado una generación, un país entero, por puro desconocimiento de lo que tenían entre manos.
 
De lo que tenemos entre manos. Porque plantas como la de Chernóbil las hay en todo el mundo, muchas, quizá demasiadas. Por eso un libro como éste es necesario, no para causar alarma, pero sí respeto... No hay que cerrar los ojos, no hay que olvidar...
 
Aunque, a modo de apreciación puramente personal, y juzgando sólo en base a este libro, no veo en absoluto justificado un Premio Nobel de Literatura. Tan sencillo como que no considero este libro literatura, realmente. Es otra cosa. Fascinante, sí, pero otra cosa.
 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Tan poca vida

Novela imperfecta como un caudal descontrolado que arrastra a su paso ramas, escombros y a todo aquel que se cruce en su camino, con exceso de páginas, de sufrimiento, de personajes y de todo aquello que una gran y ambiciosa obra debe tener. Hanya Yanagihara (Los Ángeles, 1975) empezó a escribir una historia sobre cuatro amigos en Nueva York , sobre cómo evoluciona su relación a lo largo de los años, y finalmente consiguió todo lo que quería y mucho más. Cómo me gustan las historias que avanzan por caminos que inicialmente parecían claros, y que se tuercen, crecen y acaban siendo algo completamente distinto.  Jude, Willem, JB y Malcolm. Difícil olvidarlos si has recorrido las casi 1.000 páginas de este portentoso, extremadamente cruel y extremadamente bello libro. Antes de entrar al detalle sólo recuperaré las palabras con las que se suele promocionar Tan poca vida .  "La novela que hay que leer. Para descubrir... Qué dicen y qué callan los hombres" Eso ...

Desmontando a Hank Moody

Actitud chulesca. Labios fruncidos. Te mira como si supiera algo más que tú. Algo importante. Pero no sabe una mierda. Él mismo te diría que no hay nada que saber, que se ha tirado la vida buscándolo y al fin lo ha entendido. Que todo es inútil. Se las lleva a todas de calle, con su eterno gesto de hastío. Es el héroe del siglo XXI, el héroe de todos los tipos que sueñan con triunfar sin dar un palo al agua. Es el modelo a evitar, aunque todos lo quieren seguir. Es Hank Moody. Ningún hombre que haya visto Californication no ha querido ser él. Deteniendo su Porsche en cualquier semáforo de Los Ángeles, volviéndose hacia el coche de al lado, mirando por encima de tus gafas de sol al bellezón lleno de silicona que media hora después se revolverá entre las sábanas de su cama. Pero, inmersos en la cuarta temporada de las andanzas de este peculiar escritor, paremos un momento. Intentemos responder a la siguiente pregunta, si es que tiene una respuesta: ¿Quién o qué es Hank Moody?

Nathaniel Samuel Fisher Jr.

El hijo pródigo volviendo a casa. Así empieza Six Feet Under. Así conocemos a Nate, en el aeropuerto, volviendo a Los Ángeles para Nochebuena. Él ya ha recorrido el camino que su hermana Claire todavía ni se atreve a iniciar . Él ya se rebeló en su día. Escogió marcharse de casa y buscarse a sí mismo en otra parte, renegando del negocio familiar. Sin embargo, dos sucesos marcarán su vida desde el momento en que ponga los pies en su ciudad natal. Dos sucesos que lo cambiarán todo. Una muerte primero (su padre), y un nacimiento algo después (Maya) . Nate se ve arrastrado por una marea que le lleva por un camino que jamás habría elegido, pero que poco a poco va aceptando. Vamos viendo su evolución (el cambio de peinado a lo largo de las temporadas, perfecta metáfora) con cierta tristeza. Su inevitable madurez, la pérdida de una frescura que nos atrapó, que nos fascinaba. Veíamos su relación con Brenda, su resistencia a convertirse en su padre... hasta que ya no pudo más y se rindió.