
Un largo siglo ha pasado desde el lejano día en que un Marcel Proust enfermizo, hundido tras la muerte de sus padres, encerrado en una habitación con las paredes de corcho, volviera la vista atrás y escribiera las primeras líneas de la que a la postre sería su obra cumbre, y por ende, una de las más colosales de la historia de la literatura.
Un largo y tumultuoso siglo nos separa de ese 1913 en que vio la luz la primera parte de En busca del tiempo perdido, un viaje fascinante por la naturaleza humana, por cada recodo del alma, por cada minúscula emoción o sentimiento.
Y a pesar de ese interminable siglo que ya hace años dejamos atrás, en el que tanto ha cambiado el mundo, para bien o para mal, quién puede juzgarlo, aprovechamos el calor estival, avanzamos entre la maleza que cruje bajo nuestro pies, nos deleitamos con el olor de las mil flores que nos rodean, cerramos los ojos y notamos el tacto rugoso del libro que llevamos en las manos, y cuando llegamos al rincón de sombra que siempre ha sido nuestro refugio, lo abrimos por la primera página y nos perdemos en su interior.
Así empezamos el viaje que nos propone Proust. Y ese siglo que nos separa se difumina, parece que acompañamos a ese niño por los bosques y caminos que rodean la mansión de Combray.
A esta entrada le seguirán siete más. Siete, una por cada libro, pues de la mano de Proust pienso aprovechar la ocasión de aprender algo, o mucho (todo jamás), tanto como se intuye en los primeros centenares de páginas que ya llevo a mis espaldas. Páginas de un libro, Por el Camino de Swann, más que recomendable, ya lo avanzo, y del que hablaré detalladamente en los pocos días que tarde en finiquitarlo.
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