jueves, 4 de febrero de 2016

La vuelta de Expediente X

 
El pasado 24 de enero era un día marcado en rojo en mi agenda, y me consta que no soy el único. Volvía una de las mejores series de la historia, una de aquellas series icónicas que marcaron a una generación, que ha hecho correr ríos de tinta y seguirá haciéndolo mientras haya alguien que se siente frente al televisor esperando un desafío. Volvía Expediente X. Volvían Mulder y Scully.
 
La influencia de la serie en las producciones posteriores la sabemos todos. La influencia en cada uno de nosotros es, quizá, inabarcable. Las andanzas de los dos agentes del FBI en su quijotesca búsqueda de la verdad forman parte de una infancia en la que aprendimos que un héroe no es siempre quien triunfa, sino quien nunca se rinde. Que de hecho ése es el único y verdadero héroe. Mulder era ese caballero enfundado en su traje gris, ancho y desgarbado, un paria embargado en una búsqueda de la verdad que lo lleva a enfrentarse a todo y a todos, a hurgar en los rincones oscuros donde hay criaturas que la mayoría apenas nos atrevemos a imaginar.

Ha vuelto Expediente X. Ha vuelto en un mundo donde las conspiraciones están al orden del día, quizá demasiado, pues abarcan ya tantos frentes que han perdido seriedad. Afirmar que el gobierno u organismos en la sombra nos ocultan la verdad ya no es cosa de un lobo solitario, es un hecho tan demostrado que el loco sería quien afirmara lo contrario. Snowden, Wikileaks... ¿dónde quedan Mulder y su inseparable Scully en este tablero?

Encajarlos era el principal (y quizá único) desafío al que se enfrentaba Chris Carter. Encontrar el tono, definir una meta, y dejar que los personajes hicieran el resto. Los millones de fans que nos emocionamos con la mera mención del Fumador no necesitábamos más.