domingo, 21 de abril de 2013

"Victus", por esto celebramos una derrota


Todavía resuena en mis oídos el estruendo de la última carga. Luego la oscuridad, mientras repito una y otra vez La Palabra. La redención de nuestro antihéroe, al que hemos seguido a través de una cruenta y absurda guerra hasta esta Barcelona sitiada. Hasta este 11 de septiembre de 1714.

Con Sant Jordi a la vuelta de la esquina, el movimiento independentista en pleno auge y un referéndum inminente en el horizonte, no se me ocurre mejor momento para la aparición de un libro como éste. Ya hace meses que se publicó, pero el boca a boca me hizo toparme con él hará un par de semanas. Devorarlo es quedarse corto. Y es que Albert Sánchez Piñol ha conseguido algo magnífico. Algo que se puede resumir en una palabra. Épica. Se agradece que alguien nos enseñe que, aunque ahora parezcamos cobardes borregos, alguna vez no lo fuimos.

De la mano de Martí Zuriviría, ingeniero formado en Francia por el ingeniero militar Sebatien Bauvan, que se ve involucrado en la que Sánchez Piñol no duda en llamar la Primera Guerra Mundial (más conocida como la Guerra de Sucesión Española), un personaje cobarde, pillo, traidor a cualquier causa, pasamos de batalla en batalla, por ataques, asedios, huidas, heroicidades y cada pequeña miseria de la guerra. Y nos vamos acercando a una Barcelona convertida en el núcleo de un sentimiento, el catalán, con el que llegado un punto no podemos sino sentirnos identificados.

¿Manipulación? Quizá. Aunque el autor no se ahorra golpes hacia los políticos catalanes (igual de falsos, egoístas y corruptos los de entonces que los de ahora), se intuye un amor hacia el pueblo catalán que no muestra hacia el castellano. Como se suele decir, en literatura, suele ganar el perdedor.

En resumidas cuesta, este libro sólo va de un pueblo, de una nación, a la que sus dirigentes metieron en una guerra estúpida orquestada por los reyes de media Europa. Felipe de Anjou (con Francia detrás) contra Carlos de Austria (apoyado por Inglaterra y Austria, por descontado). Media Europa babeando por hacerse con las riendas del Imperio Español.

La grandeza, sin embargo, no radica ni mucho menos en quién ganó. Al fin y al cabo es una batalla de poder entre reyes que nos importan poco. La grandeza es que cuando se perdió la guerra, cuando los ingleses huyeron por mar, cuando los franceses ya se sabían dominadores de España, el pueblo catalán tomó el relevo, y se levantó. Que aunque sus dirigentes los arrojaran a la sumisión y prácticamente a la pérdida de todos sus derechos, el pueblo se negó a rendirse. Lucharon y perdieron. Pero cómo. Eso es "Victus".

miércoles, 10 de abril de 2013

Hank Moody, morir como un héroe o vivir en la mediocridad


Todo lo desgasta el tiempo. Los profetas que un día seguimos con los ojos cerrados empiezan a tambalearse, nos hacen dudar. Ellos no han cambiado, su discurso tampoco. Nosotros sí. Seis temporadas después, Hank Moody sigue exactamente igual que el primer día. Lo que nos hizo adorarle, envidiarle, todavía está ahí. Pero sus frases suenan a rancias, suenan a mentira después de todo lo vivido. No puede seguir diciendo lo mismo. Pero lo hace.

Y así, el que antes despertaba pasiones, se ha vuelto otro charlatán al que siguen sus cuatro fieles, y poco más. Hank Moody fue un símbolo un día no demasiado lejano. Su carácter, su pose, su naturaleza de triunfador fracasado le elevó a los altares. Todos queríamos ser Hank Moody. Todos queremos, vale. Pero eso ya no es suficiente. Queremos ser lo que un día representó. O creímos que representaba.

Seis temporadas después, Hank Moody no es más que un personaje de una serie agradable, para los que todavía sonríen con algunas de sus ocurrencias, o con los ocasionales detalles de un cada vez más ridículo Runkle. Año tras año, se ha perdido su esencia, su grandeza, la magia que le hacía algo especial, un icono. Su impacto ha disminuido, cada vez se habla menos de él. ¿Qué ha pasado en el camino? Veamos...