domingo, 26 de agosto de 2012

Mi agosto en series

 

Sí, aunque parezca increíble, además de las horas que llevo invertidas en busca del tiempo perdido, que no son pocas, y las que quedan, además de la playa, del calor insoportable y para rematar de tener que trabajar este agosto, no podía faltar la ración anual de series veraniegas.

Este año la elección ha sido sencilla, y he tirado por tres clásicos de la televisión ya prácticamente en su recta final, más o menos inmediata. Series que quería ver sí o sí, aunque fuera un lunes a las doce de la noche teniendo que madrugar al día siguiente. Hay series así. Curiosamente, las tres encaran su quinta temporada.

Antes de presentarlas, decir que ninguna de las tres me ha decepcionado, todas me han alegrado un mes más árido de lo habitual. Magníficas, más que recomendables pues, para quien todavía las tenga en el cajón.

¿Cuáles serán? Veamos...

sábado, 25 de agosto de 2012

Por el camino de Swann


Viajes literarios como el que nos ocupa son difíciles de emprender en estos días ajetreados y de lectura rápida y frugal, de párrafos sueltos en blogs aleatorios y ojeadas rápidas a titulares que olvidamos minutos después. La época de Proust quedó atrás hace mucho, y sin embargo, a pesar del bombardeo constante de imágenes, no hay serie o película comparable (no, ni siquiera The Wire o Six Feet Under) al placer que uno experimenta al toparse con la gran literatura. Con esa que se adentra sin miedo en rincones del alma humana en los que sólo ella (y quizá la música) se atreven a adentrarse.

Por el camino de Swann es nuestra toma de contacto con ese Proust niño que descubre el mundo asombrado y ligeramente asustado, pero siempre fascinado y ávido de aprender, de descubrir, de empaparse de los estímulos que lo rodean.  

Dividido en tres partes claramente diferenciadas, corresponde la primera a la más tierna infancia, al amor desesperado hacia su madre, a la rutina de una vida campestre en casa de su tía, a los largos paseos por los senderos y los bosques de Combray. En la segunda conocemos a Swann, personaje vagamente mencionado hasta entonces, amigo de la familia, y lo seguimos en su tortuosa y sublime pasión, en un retrato de los diferentes estados del amor sólo comparable al que sin ninguna duda ocupa una altísima posición entre mis libros favoritos, ni más ni menos que Bella del Señor. 

Para rematar volvemos a un Proust listo para conocer el primer amor, en la forma y cuerpo de una Gilberta Swann con la que comparte juegos y emociones tan sutiles como devastadoras en los Campos Elíseos. 

Pero si algo caracteriza este libro, y al autor intuyo, es la minuciosa recontrucción tanto de cada detalles de un paisaje como de un salón, como de un rostro o de la sombra del cabello sobre unos ojos deslumbrantes, o de la emoción intensa ante la mística contemplación de una flor. Quedarse con el detalle de la madalena, que su tía untaba en té, y que da pie a tantísimas recuerdos de aquella época, es quedarse en el umbral. Es ver la puerta pero no asomarse al increíble mundo que hay detrás.

Así, abrámosla y veamos lo que la primera parte de En busca del tiempo perdido encierra...   

jueves, 16 de agosto de 2012

En busca del tiempo perdido




Un largo siglo ha pasado desde el lejano día en que un Marcel Proust enfermizo, hundido tras la muerte de sus padres, encerrado en una habitación con las paredes de corcho, volviera la vista atrás y escribiera las primeras líneas de la que a la postre sería su obra cumbre, y por ende, una de las más colosales de la historia de la literatura.

Un largo y tumultuoso siglo nos separa de ese 1913 en que vio la luz la primera parte de En busca del tiempo perdido, un viaje fascinante por la naturaleza humana, por cada recodo del alma, por cada minúscula emoción o sentimiento.

Y  a pesar de ese interminable siglo que ya hace años dejamos atrás, en el que tanto ha cambiado el mundo, para bien o para mal, quién puede juzgarlo, aprovechamos el calor estival, avanzamos entre la maleza que cruje bajo nuestro pies, nos deleitamos con el olor de las mil flores que nos rodean, cerramos los ojos y notamos el tacto rugoso del libro que llevamos en las manos, y cuando llegamos al rincón de sombra que siempre ha sido nuestro refugio, lo abrimos por la primera página y nos perdemos en su interior. 

Así empezamos el viaje que nos propone Proust. Y ese siglo que nos separa se difumina, parece que acompañamos a ese niño por los bosques y caminos que rodean la mansión de Combray. 

A esta entrada le seguirán siete más. Siete, una por cada libro, pues de la mano de Proust pienso aprovechar  la ocasión de aprender algo, o mucho (todo jamás), tanto como se intuye en los primeros centenares de páginas que ya llevo a mis espaldas. Páginas de un libro, Por el Camino de Swann, más que recomendable, ya lo avanzo, y del que hablaré detalladamente en los pocos días que tarde en finiquitarlo.