lunes, 23 de julio de 2012

Studio 60, fugaz destello de genialidad

 

El metalenguaje en el mundo de la televisión, esto es, el regodeo de los propios guionistas, productores, actores, directores, en lo fascinantes que son sus vidas, nos ha dado muchos y en ocasiones memorables productos, como la ya decadente 30 Rock, en sus momento poseedora de los mejores guiones de comedia en años.

Y si alguien sabe de metalenguaje, y de lenguaje, y de colocar palabras y metáforas y discursos grandilocuentes en boca de personajes que nos tienen enganchados mientras nos hacen sentir pequeños y aburridos a la vez que envidiamos sus vidas trepidantes y desbordantes de ingenio, es el maestro de los diálogos, Aaron Sorkin. Incluso la situación más anodina puede adquirir una épica digna del mismísimo Nolan si le dejas a este guionista, showrunner, genio, o como se le quiera llamar, poner sus frases en boca de los personajes que hasta entonces dormitaban por la pantalla. Cualquiera que haya visto Moneyball o La Red Social (firma el guión de ambas) sabe de qué hablo.

Para rematar, y ya centrándonos en la serie que nos ocupa, una de las grandes series malditas de la historia (verano, época ideal para ponerse con ellas...), parecía que lo tenía todo. El mundo de la televisión, siempre atrayente para la masa que cree que tras los decorados existe la misma magia que en realidad siempre ha sido cosa del espectador. Un genio al volante. Y Matthew Perry, el inolvidable Chandler de Friends, rodeado de rostros siempre agradecidos como Amanda Peet o actores tan carismáticos y poco reconocidos como Bradley Whitford. Un cóctel que podía salir bien, pero que no pasó de la primera temporada.

¿Los motivos? Varios, y los analizaremos a continuación, pero después de ver sus 22 capítulos en menos de un mes, puedo decir una cosa. Por falta de calidad no la cancelaron, ni muchísimo menos.