viernes, 20 de enero de 2012

Middlesex, una Odisea moderna



Es un tema recurrente a lo largo de la corta historia de los Estados Unidos la búsqueda por parte de sus escritores de una especie de Grial que los obliga a luchar contra sus propias limitaciones, a mejorar siempre, a no conformarse jamás. A compararse entre ellos mientras avanzan por el mar embravecido y traicionero que es la literatura. No basta escribir un buen libro. No basta con escribir un gran libro. Hay que escribir la Gran Novela Americana.

Jeffrey Eugenides, nacido en Detroit en 1960, de ascendencia griega e irlandesa, es, sin lugar a dudas, uno de los escritores norteamericanos más interesantes. Y lo digo tras haber leído sólo dos libros suyos (ha escrito tres). Su primera novela, "Las vírgenes suicidas" (1993), me fascinó cada vez más a medida que me adentraba en esa hipnónica historia que encierra muchísima más verdad de lo que puede parecer a primera vista. Es una obra maestra, sin duda alguna. Con tantísimos detalles, tantísimo poso. Las hermanas Lisbon. Cómo olvidarlas.

Y entonces decidió que, por qué no, quería embarcarse en la creación de su propia Gran Novela Americana. Y esto es Middlesex. Un épico y grandioso libro que nos explica la odisea de una pareja, Lefty y Desmemona Stephanides (hermanos y amantes), desde su Smyrna natal hasta una Detroit descrita con una perfección como sólo puede hacerlo alguien enamorado de su ciudad. La guerra greco-turca de fondo. La mecanización del ser humano en fábricas americanas. Incontables referencias a la mitología griega. Y como toda la gran novela americana, la búsqueda de la felicidad de telón de fondo.

Y sobrevolándolo todo, por supuesto, el narrador. Calliope Stephanides de nacimiento, una preciosa niña a la que comparan con la mismísima Cleopatra. Un Cal con aspecto de mosquetero cuando nos narra su historia desde Berlín, ya mayor. Todo por culpa de un gen que su familia ha ido transmitiendo a lo largo de generaciones...


martes, 3 de enero de 2012

Puro Sherlock Holmes


Deliciosa noticia para empezar el año. Y de dónde podía venir sino del país que vive últimamente una edad dorada audiovisual que agradecemos todos los amantes de la buena televisión, del buen cine, del buen arte en general. ¿Las razones? Un grandísimo respeto por los artistas. Tanto por los encargados de adaptar, a los que se les da toda la libertad que se merecen, como los creadores del material original. De ahí las sublimes adaptaciones (The Crimson Petal and The White) o golpes de genio como la reciente Black Mirror.

Pero no nos desviemos. Pues lo que ha llegado con la segunda temporada de "Sherlock", la soberbia serie de la BBC, es un caviar exquisito para todos los que disfrutamos como enanos con las aventuras del más famoso detective en nuestros años mozos. A todos nosotros va dedicado el capítulo "A Scandal in Belgravia".

Cada minuto de la serie destila una admiración por la obra de Sir Arthur Conan Doyle que no es de extrañar el gran recibimiento que tuvo. Los detalles (impagable la apareción del sombrero), la cuidada (y acertadísima) modernización, el casting (uno de los mejores Holmes jamás vistos). Sin embargo, ha valido la pena esperar un año para ver a Irene Adler.