sábado, 19 de febrero de 2011

Charlie Runkle, el fiel escudero


Qué sería del Quijote sin Sancho Panza. Un chiflado al que la gente vería aparecer a lomos de Rocinante, murmurando incoherencias y persiguiendo quién sabe qué. A los cuatro días acabaría en alguna zanja, moribundo. Sólo se entiende su grandeza desde los ojos de su fiel escudero. Algo muy similar pasa con Californication. Sólo comprendemos la genialidad de Hank Moody cuando nos ponemos en la piel de Charlie Runkle.

Runkle es un reflejo del espectador. Admira a Moody de la misma forma ilusa que éste. Es su agente, su amigo, su confesor. Su fan número uno. Y por eso jamás será como él. Porque Hank no admira a nadie excepto al rostro que encuentra cada mañana en el espejo.

Analizarle más seria inútil. Es un buen tipo deslumbrado por la luz artificial de Hank Moody. Y sin embargo, tiene su propia luz, una luz pura, una luz que nos hace desternillarnos, emocionarnos. Por eso cuando recordamos momentos de la serie, en la mayoría aparece este divertidísimo calvo. Y eso voy a hacer ahora. Así que sin más, lo mejor de lo mejor de Charlie Runkle...

miércoles, 16 de febrero de 2011

Desmontando a Hank Moody


Actitud chulesca. Labios fruncidos. Te mira como si supiera algo más que tú. Algo importante. Pero no sabe una mierda. Él mismo te diría que no hay nada que saber, que se ha tirado la vida buscándolo y al fin lo ha entendido. Que todo es inútil.

Se las lleva a todas de calle, con su eterno gesto de hastío. Es el héroe del siglo XXI, el héroe de todos los tipos que sueñan con triunfar sin dar un palo al agua. Es el modelo a evitar, aunque todos lo quieren seguir.

Es Hank Moody. Ningún hombre que haya visto Californication no ha querido ser él. Deteniendo su Porsche en cualquier semáforo de Los Ángeles, volviéndose hacia el coche de al lado, mirando por encima de tus gafas de sol al bellezón lleno de silicona que media hora después se revolverá entre las sábanas de su cama.

Pero, inmersos en la cuarta temporada de las andanzas de este peculiar escritor, paremos un momento. Intentemos responder a la siguiente pregunta, si es que tiene una respuesta: ¿Quién o qué es Hank Moody?

lunes, 14 de febrero de 2011

James "Jimmy" McNulty


Volvemos con gran placer a esa lejana y pegajosa barra donde conocimos a Bunk. Sabemos que será la última vez, no queremos creerlo. La música country sigue bañando el local, cánticos y gritos nos llegan amortiguados. Fijémonos ahora en ese otro tipo. Tan o más borracho que su compañero. Gruñendo en voz baja. Parece otro más. Un rostro anónimo que olvidaremos cuando se levante en pos de dos muchachas a las que ya ha echado el ojo. Pero no lo es. Ni mucho menos. Pues jamás podremos olvidar al grandísimo McNulty.

Son impagables todos los momentos que hemos pasado a su lado. Todos. Los buenos y los malos. Sólo podemos agradecerle el habernos permitido ser su sombra. Nos detenemos, meditamos...

Nos recordamos siguiéndole una noche a la salida de un bar como éste, (quizá la noche en que le explicó a Bunk por qué le respetaba, la noche en que empezamos a vislumbrar qué gran tipo teníamos delante...), viéndole estrellarse contra la columna de un tunel al doblar una curva, y, tozudo como él solo, dar marcha atrás y volver a tomarla, para estrellarse de nuevo. Así es él. Así es este hombre. Capaz de obcecarse y darlo todo, más allá de lo exigible o incluso de lo razonable, por una causa que sólo le importa a él.

domingo, 13 de febrero de 2011

Un triste Planeta


Qué tristeza me produce esta imagen. Tanta tristeza ahora, al terminar de leer "Riña de gatos", como ilusión me embargó en el momento de conocer el veredicto. No diré nada nuevo. Nadie se escandalizará (incluso a algunos les parecerá bien...) porque es un secreto a voces. Qué se puede esperar de personajes como los que aparecen en la foto... Pero me indigna que hayan utilizado a uno de mis autores españoles de cabecera ("El misterio de la cripta embrujada", "La ciudad de los prodigios" y tantos otros) para una maniobra comercial tan lamentable. Le han pedido que escriba un libro y le han dado un premio por ello. Pues muy bien. Felicidades...

Centrándonos en la novela, que retrata el inicio de la Guerra Civil, me ha parecido demasiado blanca y demasiado artificial, además de que escasea el característico humor de Mendoza. Los personajes son estereotipos, destacando el protagonista, un Anthony Whitelands (infausto nombre...) con escasísimo carisma, que se pasa el día en los bares, y si no plantado frente a un cuadro perdiendo el tiempo con reflexiones que poco aportan (al lector, me refiero). Los cameos de Azaña, Franco y demás, mera anécdota, muy lejos de lo que me imaginaba.

Se lee fácil, sí. Pero se olvida aún más fácilmente. Olvidable es su adjetivo, y eso para un libro de Mendoza, ganador del premio Planeta, jamás debería ocurrir.

Omar Devone Little


Toda ciudad tiene sus leyendas. Nombres que se pronuncian a media voz en callejones oscuros, por gente de la peor calaña, con una mezcla de temor, admiración y, desde luego, fascinación absoluta. Historias que bordean la fina línea de la realidad, que se alimentan de la superstición y que acaban imponiéndose y calando hondo.

Nos detenemos junto a una pandilla de traficantes que aguardan en un portal, sentados en los escalones. Charlan de cualquier tema, animados, risueños, ligeramente engreídos. Y de repente surge el nombre de Omar Little. Todos callan. No hay nada que decir. Desvían la mirada hacia cualquier parte para que no veamos el terror que asoma en el fondo de sus ojos.

Inmediatamente aumenta nuestro interés. Preguntamos, insistimos, pero nadie quiere explicarnos quién es Omar. Sin embargo, ya es tarde para nosotros, pues una vez que hemos oído su nombre, una vez que intuimos lo que representa en esta ciudad, no vamos a parar hasta saberlo todo de este ambiguo héroe de rostro rasgado.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Lester Freamon


Esto ya son palabras mayores. Dejamos el terreno de los grandes personajes para enfrentarnos a los mitos. Rostros que acuden a nuestra mente en el momento más inesperado, que admiramos y echamos de menos siempre, pero sobre todo al sentarnos frente a la pantalla para ver cualquier otra cosa.

Él es el primero. Lester Freamon. El alma de The Wire. Toda la serie, de una u otra forma, gira alrededor suyo. Alrededor de los casos que construye, con su método lento y minucioso, con su gran sabiduría y una tenacidad que acaba arrastrando consigo a todos los demás.

Es sencillamente el mejor policía de Baltimore. Y por eso lo encontramos donde lo encontramos. Destacando en Homicidios, acusar al hombre equivocado le llevó directo a un oscuro sótano, donde pasa trece años (y cuatro meses) en el único sitio donde no quería ir. Embargos. Día tras de día de trabajo insulso, que ameniza realizando muebles en miniatura. El sistema parece haberle engullido, pero entonces es cuando nos fijamos en él. Aún tiene demasiado por ofrecer.

Thomas J. "Tommy" Carcetti

Junio del 2010. Reikiavik, Islandia. Un tipo sostiene el periódico en alto, plantado en mitad de la calle. Ríe, algo no demasiado habitual al enfrentarse a la sección de política. En concreto, declaraciones del candidato a la alcaldía, Jon Gnarr, vencedor de las recientes elecciones, que sin embargo no ha conseguido la mayoría absoluta y deberá pactar.

Un chaval se acerca al oír su risa, una risa de complicidad, se coloca a su lado y lee por encima del hombro. "¿Qué quiere decir que no pactará con partidos cuyos miembros no hayan visto The Wire...?".

Así es. La historia es cierta. Con matices, por supuesto. Pero lo importante es su mensaje. Qué quiere decir. Pues que todo político debería conocer la historia de Thomas Carcetti. Y todo ciudadano, por extensión.

martes, 8 de febrero de 2011

Thomas "Herc" Hauk

Quizá alguno se sorprenda por encontrar a Herc a estas alturas. Ha sido la elección más complicada, sobre todo por los nombres que inevitablemente deja en el camino. Pero tras mucho pensarlo, aquí esta. Y con merecimiento.

Pues Herc personifica, para mí, mucho de lo que hace grande de verdad a The Wire. No es un gran policía, ni especialmente valiente ni mucho menos inteligente, y desde luego no se puede considerar una gran persona. Es amigo de sus amigos, sí, pero poco más. Es egoísta, y la justicia como tal significa poco o nada para él.

Como la mayoría de policías. Como la mayoría de personas. Tan sólo quiere hacer su trabajo, escalar lo máximo que pueda, y acabar la jornada en un bar con sus compañeros tomando una o varias copas.

domingo, 6 de febrero de 2011

Roland "Prez" Pryzbylewski


Nadie hubiera dicho, la primera vez que vemos este rostro, que Prez acabaría siendo, con el paso de los años, un hombre más que respetado que se ganaría a pulso una mención por encima de otros compañeros que quizá prometían más. Pero así es la vida, y así es The Wire.

La historia de Prez es una historia de crecimiento. Como profesional, pero sobre todo como persona. La evolución desde unos inicios en los cuales no es más que un estorbo que debe soportar la recién entrenada Unidad de Delitos Mayores, impuesto debido a las influencias de su suegro, hasta su paulatina consolidación como uno de los mejores investigadores de Baltimore.

Una gran historia sobre el descubrimento de la vocación. Sobre la pasión por el trabajo y finalmente, sobre el reciclaje y la madurez. Eso y mucho más es la historia del señor Prez.

sábado, 5 de febrero de 2011

Marlo "Black" Stanfield


Estudiemos por un momento este rostro. Esa mirada vacía, la boca entreabierta. Nadie diría que este chaval está contemplando su victoria suprema. Su consolidación como rey. Rey de Baltimore.

Él recoge el trono de la familia Barksdale, lo recoge o lo toma por la fuerza, pues Marlo es la nueva generación. Harta de reglas, de normas ancestrales. No busca más gloria que llevar la corona. Es la antítesis de Stringer Bell. Nació en la calle y ése es su hábitat. Ser temido y respetado e incluso admirado en esas esquinas es su meta.

Volvamos a su rostro impasible. Es el rostro de alguien que llegado tan lejos como se atrevió a soñar. ¿Qué debe sentir...?

Russell "Stringer" Bell


Este rostro es probable que jamás lo veamos si patrullamos por Baltimore vigilando las esquinas donde la droga fluye sin control, en cualquier redada, e incluso es dudoso que algún detenido, en su apogeo de desesperación, pronuncie su nombre. Pero Stringer Bell controló Baltimore durante años, siempre a la sombra.

Es la peor pesadilla de cualquier policía, incluso de cualquier ciudadano. Es el peor tipo de criminal. Inteligente, culto. Estudiante de economía. Lector asiduo, calmado, reflexivo. Gusta (o conforta) imaginar que los traficantes son seres despreciables que se dejan llevar por impulsos primarios, que sacan la pistola a las primeras de cambio y pierden los nervios con facilidad, imponiéndose así a sus competidores por mera fuerza bruta. Pero no es cierto. Como en cualquier negocio (no olvidemos que el tráfico de drogas no es más que un negocio, al fin y al cabo), una mente fría y buen amueblada, y las ideas claras, son la clave para prosperar. Y Bell es el mejor ejemplo de ello.

jueves, 3 de febrero de 2011

William "Bunk" Moreland


Recorremos la noche de Baltimore una vez más. Irrumpimos tambaleantes en el primer antro que se cruza en nuestro camino. Voces por doquier. Una harmónica de fondo. Humo denso a través del cual nos abrimos paso hasta la barra. Lentamente nos dejamos mecer por una voz de cadencia suave, nos volvemos y contemplamos por primera vez a Bunk.

Con su inseparable traje, la corbata algo suelta. Puro en una mano, whisky en la otra. Un extraño brillo en los ojos. Se inclina sobre la barra y charla con su compañero. Jimmy, le llama. Le escuchamos por encima del hombro. Murmuran incoherencias. Jalean de forma patética a una muchacha que baila entre (otros) borrachos a pocos metros. El tal Jimmy, un tipo blanco que quizá lleguemos a conocer algún día, se arrastra hacia un grupo de mujeres que le sonríen al verle llegar. Les muestra su placa. Bunk ríe desde la barra y se lleva el puro a la boca. Se vuelve hacia nosotros. Empieza a hablar. Nos dice que es detective. Homicidios. Y lo es. Lo es hasta la médula. Será un borracho, patético en ocasiones y lúcido y genial de vez en cuando. A estas horas se irá con cualquiera que le sonría, aunque su mujer y sus tres hijos le esperen en casa. Pero por encima de todas las cosas, Bunk es una de aquellas escasas personas que dignifican su profesión.