lunes, 31 de enero de 2011

Reginald "Bubbles" Cousins


Así conocemos a Bubbles. Arrastrando su inseparable carro por las calles de Baltimore. Pregonando su mercancía con la alegría y el entusiasmo de cualquier comerciante entre los despojos de la ciudad, miradas vacías de rostros que se acercan curiosos. Embolsándose billetes sucios y arrugados que le darán de comer. O mejor dicho, le proporcionarán su dosis diaria. Pues eso es Bubbles, por encima de todo, ahora que acabamos de conocerlo. Un drogadicto. Uno más.

Pero ocurre algo extraño. Mira en todas direcciones, luego se acerca, dubitativo, a un coche. Se inclina ante la ventanilla. Habla. Vuelve a ojear la calle, sigue vacía. Luego se despide de la mujer que se sienta al volante, Kima Creggs (detective de policía, rasgos asiáticos y pose masculina), y sigue su camino. Pero ahora lleva en la mano un nuevo billete. Este está limpio, o al menos eso parece. Pero le servirá para comprar la misma droga.

sábado, 29 de enero de 2011

The Wire. Análisis

Las últimas notas de "Way down in the hole" se van deslizando, mientras nos disparan, una tras otra, distintas imágenes de esa ciudad que ya amamos y sentimos nuestra. Baltimore.


Rostros anónimos y otros que conocemos demasiado bien. Los recuerdos se suceden, la piel de gallina. Todo lo que han pasado. Todo lo que han hecho, o intentado hacer. Todo lo que hemos compartido. Todo lo que The Wire nos ha permitido ver. Lester, Kima, Prez, Herc, Carver, Bubbles, Daniels, Bunk... Y tantos otros. Podría seguir durante párrafos y párrafos. Hasta el último nos despierta una media sonrisa. Corner boys con sus camisetas blancas holgadas. Los que se han quedado por el camino, incluso ellos se nos aparecen cuando vemos a un niño esposado, escoltado por sendos policías. Y luego de repente la música acaba, igual que todo debe llegar a su fin, y aparece el último rostro.

sábado, 22 de enero de 2011

Una pequeña transacción

Golpeó la puerta un par de veces antes de entrar en el local. Era diminuto. Un mostrador y poco más. Atmósfera densa. Saludó al dependiente, un chaval barbudo que no levantó la vista del iPhone hasta que lo tuvo delante, e incluso entonces siguió echando vistazos fugaces al aparato, ensanchando su sonrisa ante lo que debía leer allí. Sobre su cabeza, presidiendo la tienda, sobre un reloj que indicaba las diez y cuarto, un cartel de contenido más que explícito. Asociación Barcelonesa Canábica.

No fue difícil entablar conversación. Incluso surgió otro individuo de la trastienda (donde al parecer había todavía más gente) que acabó uniéndose. Algo mayor que su compañero. Fumaba. El recién llegado sonrió al identificar el olor, que poco a poco se fue extendiendo por todo el local.

viernes, 21 de enero de 2011

Regalo de cumpleaños

El muchacho lo recibió con una sonrisa silenciosa. Lo sostuvo en alto, estudiándolo, deteniéndose en cada detalle, en la textura, en lo poco que pesaba, y luego le dio las gracias a su padre. Te enseñaré cómo usarlo, le dijo éste, henchido de orgulloso, sin acercarse. Lo había comprado la última semana de agosto, casi un mes antes del catorce cumpleaños de su hijo. Pero ya llevaba mucho tiempo pensándolo.

Enero del año siguiente. Cuatro meses después. El muchacho sostiene el regalo en alto por última vez, humeante todavía, pocos minutos antes de dejarlo sobre la mesa de la cocina para no volver a tocarlo jamás. También ahora se encuentra su padre en la sala, pero no sonriendo. Esto es su habitación, la habitación que compartió hasta hace un par años con la madre del chaval. Los rostros de padre e hijo parecen el reflejo el uno del otro. Igual de calmados, inexpresivos. La mayor diferencia, un pequeño hilillo de sangre que todavía se desliza por la frente de uno de ellos.

martes, 18 de enero de 2011

Vigilancia

La ven perderse en el interior del banco seguida por su inseparable escolta, un sicario de anchos hombros protegido tras sus gafas de sol. En el coche, sumidos en una atmósfera densa y pastosa, el sol inclemente azotando sus rostros perlados de sudor, ninguno de los dos habla. Uno fuma, con la ventanilla abierta. Aguardan, como siempre. Esperar. A eso se reduce todo. A eso se reduce su vida de espías. Servicio Secreto. Llegaron al país hace casi dos semanas, a principios de enero, y no han hecho otra cosa. Esperar...

El conductor saca el móvil y hace un par de fotos. La última del vehículo en el que han llegado ella y su sicario (ni se molesta en que sea vea con claridad la matrícula), y en el que se marcharán en cuanto consigan lo que han venido a buscar. Él y su compañero pasean la mirada por la calle bulliciosa, por las tiendas, por la gente despistada que va y viene o que simplemente está. Los ocasionales turistas, cada vez menos, más suspicaces. Tras una prolongada calada, uno de ellos murmura. 'Algo pasa. Tarda demasiado'. El otro se encoge de hombros. 'Quiza no le den el dinero. Quizá tenga que huír sin un mísero dólar. ¿Te imaginas?' El primero ríe, casi se le cae el cigarrillo. Una risa irónica, que acaba en un ataque de tos.

lunes, 17 de enero de 2011

V (Thomas Pynchon)


Cierro el libro. Cierro los ojos. Respiro hondo. Pienso en V. Me pregunto, por enésima vez, qué es V. Como un rostro borroso entrevisto en un sueño. Una sombra fantasmal escurriéndose por las alcantarillas de Nueva York. Una rata. Una espía. Disfrazada de cura, desarmada pieza pieza por niños en mitad del bombardeo de Malta. Una lesbiana en París. Eso es V. Nada de eso es V.

domingo, 16 de enero de 2011

Radio

Una entrevista con un hombre de mundo, tal y como se define a sí mismo. La sintonizo demasiado tarde, no llego a escuchar su nombre. Quiero verlo como un Stencil, pero intuyo que su nombre es Profane.

Habla con calma, con conocimiento de causa, en sus palabras con marcado acento se filtra una serena sabiduría. Dice que ha visitado todas las ciudades de España excepto Valladolid. Debe haber escrito un libro. Debe estar promocionándolo. Me pregunto qué opinará de esta entrevista. Si le han obligado a acudir a la radio.

Habla de Irak. De ese país terrible. Habla de la situación antes de la guerra, la última guerra hasta la fecha. De que la primera Ingeniera Industrial del país se graduó en las mismas fechas que la primera española. Hoy las mujeres no pueden salir a la calle con el rostro descubierto. Ya no hay dictador, pero sigue habiendo dictadura. Presto atención. Qué quiere que hagamos. No sabemos. Vemos la guerra por la televisión. No es real. No son personas. Hay malos y buenos, y cuando ya no se pueden diferenciar, como ahora, se deja de hablar de ello.

sábado, 15 de enero de 2011

Personajes (1)

Vuelta a casa. Metro. Es tarde, pocos pasajeros, silenciosos la mayoría, meditabundos. Enfundado en el anorak, entrecerrando los ojos, acurrucado en el asiento, hombro con hombro con otros dos pasajeros que me rodean, viendo tras una neblina suave los rostros de personas anónimas que durante los siguientes veinte minutos serán motivo de miradas incómodas y desenfocadas. Y entonces se oye la voz.

Él está de pie. Hay asientos vacíos pero prefiere estar de pie. Su voz es ronca, las palabras se arrastran como si se negaran a existir. Farfulla, se revuelve incómodo. Al principio nada de lo que dice parece tener coherencia. Algunos le miran. No tiene demasiada mala pinta. Los ojos algo turbios, el cabello corto algo revuelto, pero poco más. La piel oscura. La ropa también.

Pronto empezamos a reparar en que no habla consigo mismo. Gruñidos que empiezan a tomar forma a medida que algunos ojos se fijan en él, aunque ninguno le sostiene la mirada. Él se envalentona. Toda su amargura surge como una erupción incontenible. El mismo discurso una y otra vez. Los muchos inmigrantes que le rodean sacuden la cabeza, o la agachan, o fingen que no están escuchando. Los que no son inmigrantes, tres cuartos de lo mismo. Él les insulta. Menciona plantaciones de café, aviones que llenaría con ellos si tuviera poder, devolviéndolos a sus países o simplemente alejándolos de aquí, todo condimentado con insultos de la más vil naturaleza.

Habla el odio. Habla la desesperación. Habla la bilis. Incluso el alcohol que supura cada uno de sus poros. Pero nadie más eleva la voz en el vagón. Le evitan al bajar. Él sigue farfullando. El vagón se detiene y las puertas se abren. Se pierde entre la multitud. Se pierde en el olvido, se mezcla con los demás y así sus ideas y sus barbaridades se han mezclado con frases y sonidos del día, y quedan como un poso en la mente de todos los que le han acompañado en este viaje.

miércoles, 5 de enero de 2011

El vampiro (Parte 3)

No mostró sorpresa alguna al verme a mí en lugar de al otro. Supongo que eso me descolocó. Incluso tuvo tiempo de cerrarme la puerta en las narices. Pero no lo hizo, sencillamente retrocedió un paso y me indicó que pasara. Me quedé plantado, con la boca abierta. Ella desvió la mirada un segundo hacia la navaja que relucía en mi mano, y luego se perdió en el interior. Entré. Agucé el oído pero no oí nada allí dentro, me pregunté donde se podría haber escondido. Quizá ya llamaba a la policía. Lo mejor sería marcharme, una retirada a tiempo es una victoria. De todas formas no veía nada, avanzaba a tientas por el pasillo y me sentía más expuesto que nunca, más débil, impotente. Un silencio sepulcral me rodeaba, y la oscuridad que hasta aquel momento me había supuesto una ventaja se había convertido en mi peor enemiga. Entonces oí aquella voz, susurrándome al oído, una cadencia suave y reconfortante que me hizo bajar el arma.

Recapacitando, creo que fueron sus ojos. Unos ojos azules que atrapaban la luz y que me atraparon también a mí. Me cegó. Cuando la vi por primera vez en el bar me fijé en que era muy pálida, claro, cómo ignorarlo, pero eso también era parte de su encanto. El cabello rojizo cayendo hasta media espalda, suelto, libre, el mismo cabello que ahora me acariciaba la nuca a medida que ella se inclinaba sobre mí. Seguía hablando, susurrando, aunque yo no comprendía una soloa palabra. Todo me sonaba igual, todo me sonaba a derrota, a fracaso. Dejé caer la navaja y cerré los ojos, y cuando hundió sus colmillos en mi yugular, una sonrisa ensangrentada se dibujó en mi rostro al darme cuenta de lo idiota que había sido.

El vampiro (Parte 2)

Me gustaba seguirla cuando salía de aquellos pisos anónimos a altas horas de la noche. Deslizándose por las callejuelas, a toda prisa, como si fuera consciente de mi presencia. No necesitaba acercarme demasiado. Ya sabía adónde iba. Me quedaba agazapado entre unos arbustos mientras ella rebuscaba en el bolso hasta dar con las llaves, y entonces se perdía en el interior un edificio que, a fin de cuentas, constituía la única separación real entre ella y yo.

Supongo que si hubiera irrumpido en su casa, haciéndome pasar por un mero repartidor, cualquier día, sin tanto acecho, sin tanta espera, todo habría acabado saliendo bien. Mucho mejor de lo que en realidad acabó. Al fin y al cabo la gente es por costumbre despistada, o mejor dicho, egocéntrica hasta el extremo, y presta escasa o nula atención a lo que sucede a su alrededor. Cualquiera que se cruzara conmigo me olvidaría a los pocos segundos. Pero qué le voy a hacer, sigo mi rutina, que es la que me ha llevado hasta aquí. Siempre esperar una señal. Siempre esperar la inspiración.

Y aquella noche, ya desde el principio, supe que todo era diferente. La veía distinta. Supongo que se debía al hombre que la acompañaba. Debía gustarle de verdad. Se la veía feliz, a decir verdad. Radiante. Por desgracia, no pude acercarme lo suficiente como para estudiarlo con calma. Alto, sin embargo, hombros anchos. Cabello largo, negro. Lo llevó a su casa. Era la primera vez. Los seguí con el ceño fruncido. Como siempre, esperé entre los arbustos que hay delante de su casa, viendo las luces parpadear allí dentro, figuras borrosas a través de las ventanas, moviéndose, jugueteando quizá. Empezaba a cansarme cuando de repente el hombre surgíó del portal , cabizbajo, murmurando, perdiénose de vista al doblar la esquina. Algo me dijo que era el momento de actuar. Y actué.

lunes, 3 de enero de 2011

El vampiro (Parte 1)

Llevaba horas esperando. Horas eternas, estiradas hasta la extenuación, hasta que se tensan y se dilatan y cada minuto parece un siglo. Y a pesar de todo, de la espera, de la paciencia infinita, en ocasiones el momento ni siquiera llega. Pasa de largo, deslizándose entre los dedos que acaban por acariciar el aire donde unos segundos antes estaba la oportunidad.

Entonces es cuando hay que dar marcha atrás. No forzarlo. Dejar que la oportunidad fluya, que se marche suavemente, verla desaparecer con la seguridad de que aquí ha estado la diferencia. Tan sutil como decisiva. Pues ahí es donde se suele fallar, donde caen los más poderosos y despiadados. Víctimas del ansia, esa ansia enfermiza que a veces parece incontrolable. Pero no lo es. Y ésa es la razón por la que durante tanto tiempo he podido permanecer en la sombra, riéndome de los que en vano tratan de darme caza.

Los instintos nos traicionan sólo cuando se lo permitimos.

Pero aquel día el momento se presentaba. Lo veía, lo sentía. Lo tenía allí delante. La llevaba siguiendo desde hacía muchas noches. Es tan sencillo asimilar y mimetizar la rutina que impregna las vidas de todos los habitantes de esta ciudad, igual que en todas las ciudades antes que ésta. Patrones tan fijos que casi pierde la gracia. Debía ser feliz la muchacha. Acudiendo siempre a los mismos bares, noche tras noche la misma rutina, sin variar un ápice, encontrar a las mismas personas, borrachos sin rostro que le hacían cumplidos y a los que eventualmente acompañaba a casa. Reírles sus chistes, besarles. Creer que lo que haces es la única opción, o la mejor al menos. No dudar. Vivir. Si yo aceptara eso todo sería mucho más fácil. Pero sería falso.